Miercoles, 18 Octubre 2017

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¿Las „instituciones“?

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Chile es un país legalista. La convicción nacional que nos impulsa a buscar soluciones pacíficas a los conflictos sociales que nos afectan, tiene su fundamento en que tenemos una tendencia oscura, fuerte y profunda a la violencia, a solucionar los conflictos sociales por medio de las armas.

Esta afirmación desmiente toda la ilusión que cultivamos recuerrentemente. La historia se encarga de desmentir dicha ilusión. En los actos fundacionales del país la guerra estuvo presente. No sólo fue arrasado Santiago e incendiado. El conquistador mismo fue derrotado en Tucapel y posteriormente ejecutado por los mapuches. La colonia estuvo en peligro permanente y casi fue reconquistada por el general mapuche Leftaru. El período colonial fue un período de guerra con el país mapuche. España solo consiguió la paz al instalar una “Frontera” fortificada en la línea del río Bio Bío y ni siquiera esa frontera estuvo segura. La guerra de la Independencia fue socialmente una guerra civil entre dos fracciones de chilenos: los que no querían separarse de España y los que aspiraban a la Independencia completa. Los primeros apoyados por una España debilitada en su metrópolis, ya en plena decadencia imperial y los otros apoyados débilmente por Inglaterra y los Estados Unidos. A la Reconquista (que demuestra la fuerza y el poder que tenía la fracción “colonialista” chilena) siguió un periodo que ha sido denominado por la historiografía tradicional como “anarquía” y que no fue otra cosa que una guerra civil en la que estaba en juego la instalación de una república conservadora o una liberal mas moderna. Los liberales fueron vencidos en la batalla de Lircay. Después la guerra siguió, esta vez en contra de la Confederación Perú Boliviana; no habían discurrido muchos años de paz y Chile nuevamente abrió un frente de guerra en contra de Perú y Bolivia por el control de las minas de salitre.

Ganada la guerra y firmados los tratados de paz aun vigentes con Perú y Bolivia, Chile se enfrentó nuevamente en una guerra civil (la de 1891) por el control de las minas de salitre (Balmaceda las quería chilenas, Montt y los insurrectos de Iquique, las querían en manos anglesas). Derrotado Balmaceda siguió un período de paz armada con insurrecciones populares que fueron ferozmente aplastadas como la matanza de La Coruña o la de Santa María de Iquique. Después de la crisis mundial del capitalismo en 1929 en Chile hubo desórdenes, renuncias de presidentes y “ruido de sables”. Entre 1938 y 1973 hubo nuevamente un período de paz que fue roto con la insurrección de las FFAA en contra del gobierno de Allende el que fue derrotado. El enfrentamiento social fue nuevamente solucionado a punta de bayonetas.

Los chilenos -quizás inconscientemente- buscan siempre la solución pacífica porque saben que somos violentos, ancentralmente.

La pacifismo nacional es un mito.

Es por eso que con 200 años de historia Chile en este año 2011 abrió una posibilidad histórica de lograr -por fin- organizar un país con un Estado democrático y sin guerra civil. Con la fuerza de los votos.

Esa oportunidad está presente hoy y es el motivo del pánico de ciertos sectores que ven que “su” institucionalidad se requebraja. Que el “modelo” -ese experimento siniestro al que nos sometieron desde los 80- fracasó porque la mayoría no lo quiere o quiere cambiarlo en un sentido que los corifeos del neoliberalismo consideran “acabo de mundo”, y tienen razón esos cambios son el fin de su mundo, el de las acciones, los bancos, la usura, el clasismo, la represión y el dinero fácil, ese que se gana especulando y sin trabajar, sin crear nada serio.

La oportunidad que tenemos hoy en Chile es de una magnitud enorme. Podemos por primera vez en nuestra corta historia, sentarnos a deliberar que orden político, económico y social queremos, refrendar lo postulado en un plebiscito nacional y comenzar -esta vez si- a construir un país nuevo. Eun país solidario que no abandone ni a la niñez ni a los ancianos como hoy ocurre. Un país en que el que quiera ser millonario tendrá que trabajar arduamente y ser mejor -realmente mejor- que los otros sin ser heredero de nada o porque tiene un nombre determinado o nación en algún barrio de ricos.

El Chile en que las riquezas nacionales estén al servicio de los chilenos -de todos los chilenos- y no de empresas sin patria que con sus ganancias gigantes en Chile financian el desarrollo de sus países de origen.

Tenemos la oportunidad de abrir una senda de progreso real, de trabajo para todas y todos. Ir creando un país justo en que cada uno reciba lo que le corresponde por su trabajo y su esfuerzo sin injusticias, sin desigualdades injustificadas. Un país en que los privilegiados puedan estar orgullosos de sus privilegios porque se los ganaron con inteligencia, capacidad y sus aportes al desarrollo nacional, no como hoy, que deben esconder sus riquezas mal habidas porque saben que no tienen un origen limpio.

Chile tiene esa oportunidad y ojalá que no nos dejemos -otra vez- llevar al camino de los enfrentamientos. Ahora, si es así, deben saberlo: Chile no aceptará una nueva dictadura, ni disfrazada ni evidente. Y si se atreven a la aventura, al final serán derrotados y sacados del camino y habremos iniciado la senda señalado, sin ellos, sin los vende patrias de siempre, los criminales, los fascistas, reaccionarios y derechistas.

 

 

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