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A propósito de la "mesa de diálogo" mapuche

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JOSÉ MARIMAN

Los anuncios dados a conocer por el Presidente respecto de la cuestión nacional mapuche, no traen buenos augurios en términos de resolver la huelga de hambre de activistas mapuches. Nuevamente, y como ya sus antecesores en el gobierno ensayaron, el gobernante se decide por una estrategia que pretende quebrar a los mapuche. Para eso, busca potenciar sectores pasivos de la “sociedad” mapuche, que hasta ahora han jugado un papel de espectadores en este conflicto (los mapuches no presentan un frente compacto, ni en esta ocasión ni en otras). Así, se habla de: "No hay que confundir a nuestros pueblos originarios, a los mapuches que están participando en estas celebraciones, con los 34 comuneros que han tomado el camino equivocado" (Presidente Piñera, El Diario Austral, 09/18, 2010). O sea, hay “mapuches buenos” que se comportan apropiadamente y hay “mapuches malos” que se comportan inadecuadamente. Y se hablará con los “mapuches buenos” excluyendo a los “mapuches malos”. ¿Qué se puede esperar de esta política? No hay que ser erudito para darse cuenta de que, al continuar siendo discriminados, los “mapuches malos” seguirán el camino de la movilización tal como hasta ahora la han desarrollado.

 

De otra parte, el diseño de la política hacia los “mapuches buenos” no es promisorio. Éste no se propone discutir lo que ellos quieran, sino un plan elaborado por “expertos” del gobierno y empresarios de la IX región, al cual habría que hacer aportes: “Esta mesa de diálogo es para que podamos profundizar el plan Araucanía para el reencuentro con el pueblo mapuche” (Cristián Larroulet, La Nación, 09/17, 2010). Esto es, la agenda para los “mapuches buenos” está impuesta desde arriba, y en ella el gobierno, tiene la ventaja de haber articulado un discurso desde hace un tiempo, como se entiende lo expresado por uno de los ministros que dirigirá el proceso: “ésta es una mesa que continúa el proceso que se ha llevado a cabo en los últimos meses con más de 500 comunidades” (Kast, La Nación, 09/17, 2010). Todo parece indicar que en este diálogo medianamente cocinado, los “mapuches buenos” aportarán más que nuevas ideas, el marco de legitimidad que el gobierno busca para su proyecto. Los “mapuches buenos”, especialmente los partidarios del gobierno, no han desarrollado un discurso de interpretación de su situación al interior de la “sociedad” chilena. Ellos siguen el derrotero de las demandas tradicionales mapuche, concentradas esencialmente en la cultura, la aceptación social como individuos, y la economía (problema escasez de tierra). Consecuentemente, en ese diálogo por venir, nada hace presumir que será posible discutir temas capitales para los sectores movilizados del pueblo mapuche y que han puesto en la agenda estatonacional la cuestión nacional mapuche.

Desde el punto de vista de los “mapuches malos”, si bien las demandas anteriores son parte del substrato de su propio repertorio reivindicativo, ellas se han quedado cortas a inicios del siglo XXI. La impugnación de ellos es principalmente política, con repercusiones en los otros planos reivindicativos mencionados. A través de sus reflexiones políticas (documentos o artículos de trabajo), ellos cuestionan el proceso todo de la incorporación política-militar; que habría buscado eliminarlos como nación étnica o pueblo étnico sujeto de derechos colectivos, para agregarlos al país como individuos (sin pasar por alto la expoliación territorial y el arreduccionamiento y posterior proceso de usurpación de esas tierras). La lógica de lo que se desearía dialogar aquí es otra, y si bien no ha sido expuesta hasta ahora consensualmente por aquellos que pueden ser denominados autonomistas o autodeterministas, a groso modo pueden ser sumariadas como sigue: “Queremos autonomía política para empoderar nuestra sociedad y determinar nosotros el desarrollo que queremos”.

A este sumario se podría agregar una reforma agraria en el contexto de la región mapuche, medida que seguramente despertará en la elite gobernante el jinete apocalíptico del “comunismo”, pero que en estricto rigor no lo es y en el contexto de este conflicto étnico, es una clara medida de descolonización. A manera de desmitificar la connotación de “comunista” que tiene esta medida, menciono una experiencia reciente de reforma agraria, en un país que nadie podría impugnar como “comunista”: Escocia 2003. Allí como en la Araucanía urge destruir la gran propiedad agraria, que solo alimenta delirios aristocráticos, pero que no ha aportado en absoluto a desarrollar la región mapuche. Es más, la gran propiedad es co-responsable de la diáspora mapuche que continúa expulsando población mapuche de la IX región (y de las comunas colindantes de las regiones vecinas). La exportación más importante de la Araucanía, valóricamente hablando, son seres humanos que deben abandonarla para conseguir empleos y mejores expectativas de vida en otras regiones o países, mientras que ni aún con ese éxodo la región mejora sus índices de pobreza, encabezando la lista de las más pobres de Chile.

Con todo, el diálogo que ha propuesto el gobierno en el contexto de la crisis, para mejorar su imagen respecto del tema la cuestión nacional mapuche, de excluir a los sectores autonomistas (de los cuales los activistas en huelga de hambre son parte insoslayable), no mejorará en nada el panorama de la protesta mapuche en Chile. De ser así, podremos esperar más conflicto en los años que le restan a esta administración, junto con más represión y más mapuches encarcelados. Y, la iniciativa de diálogo pasará a ser recordada en la historia de este conflicto, como un “diálogo de besugos”. En otras palabras, una “conversación sin coherencia lógica”, según la definición de la RAE. Y carente además de coherencia política.

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