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Chile, 5 de Noviembre de 1970

Miguel Ángel Pérez Pirela

Muchos recuerdan el 11 de septiembre de 1973 como la fatídica fecha en la cual uno de los gobiernos más progresistas y democráticos de Suramérica fue salvajemente acabado por el hoy tristemente célebre Dictador Augusto Pinochet. Pero en realidad pocos se han adentrado verdaderamente en las alamedas por donde transitó el hombre libre chileno durante los tres años anteriores al golpe. He aquí el insoslayable valor de este libro.

El mismo retrasa un mapa simbólico y político sobre las vicisitudes del Gobierno de Allende, pero también sobre sus esperanzas, sus políticas públicas e inminente logros. Todo ello guiado por la pluma y la voz del mejor relator de ese tiempo y ese espacio: el mismísimo Salvador Allende.

En esta publicación se encuentra compilada el alma de los tres años de gobierno de la Unidad Popular a través de los discursos del “Compañero Presidente” que marcaron ese fecundo periodo histórico de la democracia suramericana. A través de estos discursos se puede crear y recrear la historia sociopolítica de Chile y construir así una precisa geografía de esos heroicos años. Palmo a palmo se puede medir la magnitud de un gobierno que, desde el inicio, comenzó con paso firme y sin titubear delante del inminente peligro de una oligarquía que no tenía ninguna intención de mediar ni política, ni económicamente.

A pesar de ello, y como ha de mostrarse, el “gobierno del pueblo” lejos de comenzar con bajo perfil, decidió desde el inicio implementar una política de cambios radicales que miraban, no a una reforma social, sino a una verdadera y propia Revolución. Fue así como se tomaron medidas tales como la nacionalización de los bancos, el cobre y la redistribución de la tierra desde el primer año de gobierno.

La historia de estos años, la verdadera, la que se debería contar y mantener viva en la memoria nace el 5 de noviembre de 1970, cuando el gobierno de la Unidad Popular liderizado por Salvador Allende asume democráticamente la presidencia en medio tensiones. En el discurso de ese primer día de gobierno el nuevo presidente, lejos de caer en ingenuos triunfalismos, llamó a la calma y el orden durante las manifestaciones de júbilo. Ello respondía a una razón obvia: según la oposición a Allende el pueblo, ahora hecho gobierno, no tardaría en destruir todo a su paso. Ese pueblo, incluso antes de asumir el poder, ya era tildado de bárbaro e incivilizado.

Desde el inicio, el gobierno de Allende era visto con sospecha y desprecio por las clases pudientes. Sospecha que partía de la evidente premisa de que sólo éstas podían gobernar de forma “civilizada”. La conclusión de la oligarquía no tardó en hacerse evidente: según ésta lo que en esos años de 1970 ocurría en Chile era una especie de aberración de la historia.

Las campañas en contra de la Unidad Popular llegaron más temprano que tarde. Una violenta matriz de opinión mediática se puso en pie apoyada y alimentada por los principales medios de comunicación. El mensaje proclamado era el mismo que el surgido en los primeros movimientos obreros internacionales. Se hablaba del inminente atropello de los derechos humanos por parte de los “comunistas”, de la dictadura de la plebe, de la implantación de un castro-comunismo, etc.

Por suerte Chile contaba en ese entonces con un Presidente cuya personalidad política se había forjado en una lucha que contaba ya con una tradición de varios decenios. Salvador Allende comenzó su activismo político al calor de los movimientos estudiantiles que forjaron el Cordobazo y la autonomía universitaria que éste propició.

Desde entonces el joven Allende mezcló la lucha política en pro de los más pobres con sus estudios de medicina que le daría más tarde el grado de Médico. Dos pasiones que, al fin y al cabo, miraban al mismo horizonte y que encontraron su punto de convergencia en su participación durante dos años y medios como ministro de Salud Pública del Gobierno del Presidente Aguirre Cerda. Convergencia trascendental en la historia de Chile, visto que fue allí donde el joven Ministro pudo concretar la creación del sistema de salud nacional. En ese corto periodo de dos años y medios fue mucho lo que el joven Ministro Allende pudo hacer por el pueblo chileno. Su labor se tradujo, desde la redacción de la ley que daría luz al Servicio Nacional de Salud, hasta medidas en pro de sectores sensibles de la población como la atención materna, los almuerzos gratuitos para los niños, pensiones para viudas y protección para trabajadores.

Al puesto de Ministro anteriormente mencionado se debe sumar su rol como Diputado, responsabilidad que ejerció desde el ingrato puesto de la oposición. De hecho, el 21 de mayo de 1971 cuando se dirigió al Congreso de su Nación en tanto que presidente, fue con estas palabras que aperturó su alocución: “Durante 27 años concurrí a este recinto, casi siempre como parlamentario de oposición. Hoy lo hago como jefe de Estado, por la voluntad del pueblo ratificada por el Congreso”[1] Fue precisamente en esa ocasión, y delante de un Congreso reticente al camino socialista, que Allende dio una de las más felices definiciones de la Revolución. Según él, al Chile de entonces se le “plantea el desafío de ponerlo todo en tela de juicio. Tenemos la urgencia de preguntar a cada ley, a cada institución existente y hasta a cada persona, si está sirviendo o no a nuestro desarrollo integral y autónomo. Estoy seguro de que pocas veces en la historia se presentó al Parlamento de cualquier nación un reto de esta magnitud”[2]. Como parlamentario y ahora como presidente, Allende siempre defendió la idea de una revolución entendida como una relativización o puesta en cuestión de todo el sistema impuesto, en pro de nuevos intereses integrales y autónomos de la Nación.

Durante los años previos y posteriores a la segunda guerra mundial Allende ejerció por elección la responsabilidad de ser, en 1943 Secretario General del Partido Socialista, y más tarde Senador. En tanto que Senador Salvador Allende debió enfrentar y votar contra lo que se conoció como la “Ley Maldita” que no era otra cosa que una versión chilena del macartismo. Dicha ley no sólo le arrebató el cargo de Senador a uno de los representantes más importantes del comunismo, Pablo Neruda, sino que arremetió duramente contra todo aquel que mostrara ideas progresistas. A partir de dicha ley, se despojó de las listas electorales alrededor de 50.000 ciudadanos, se arremetió contra el movimiento obrero y se ilegalizó al Partido Comunista, entre otras muchas medidas antidemocráticas que terminaron por dividir al partido socialista en una nueva rama que tomó el nombre de Partido Socialista Popular.

A pesar que Allende fue candidato en las elecciones de 1952, fue seis años más tardes, en los comicios de 1958, que rozaría la silla presidencial. De hecho, Allende perdió esas elecciones sólo por 30.000 votos. Dicha ascendencia política podía justificarse, entre otras causas, a partir de la legalización del Partido Comunista chileno en 1958, el cual ya para 1970 se convertiría en el Partido Comunista más grande del mundo, después de los de Italia y Francia. Fue justamente en ese año que el candidato Allende saldría vencedor de las elecciones convirtiéndose en el Presidente de la Unidad Popular democráticamente electo por el pueblo chileno[3].

II

Chile, 1970-1973 – Venezuela 1999

Después de 20 años de campaña Salvador Allende gana finalmente las elecciones presidenciales. No tuvo mayoría absoluta y, por el hecho de no existir en Chile una segunda vuelta, el Parlamento debía ratificarle. La Unidad Popular que lo llevó al poder estaba integrada por socialistas, comunistas, socialdemócratas y cristianos.

La importancia histórica de este triunfo se inscribía en la profunda esperanza de ese Presidente que veía en Chile la responsabilidad de poner en práctica “la primera sociedad socialista edificada según un modelo democrático, pluralista y libertario”[4]. El nuevo Presidente tenía la convicción que la sociedad chilena continuaría y superaría las experiencia Rusa y China, pero además que contradeciría a “los pensadores sociales (que) han supuesto que los primeros en recorrerla (la revolución) serían naciones más desarrolladas, probablemente Italia y Francia, con sus poderosos partidos obreros de definición marxista”[5]. Pa historia contradecía estas predicciones y ahora era un gobierno suramericano quien aplicaba un inédito socialismo democrático.

El aspecto inédito y a la vez precursor del triunfo de Allende estaba en el carácter pacífico de la Revolución que a partir de 1970 habría de forjar el pueblo chileno. El talante pacífico y democrático de dicha Revolución habría de contradecir la constante historia según la cual toda voluntad política hecha gobierno en pro de una Revolución tenía que pasar por la violencia. Allende lo expresa con estas palabras: “Piensen compañeros, que en otras partes se levantaron los pueblos para hacer su revolución y que la contrarrevolución los aplastó. Torrentes de sangre, cárceles y muertes marcan la lucha de muchos pueblos, en muchos continentes y, aún en aquellos países en donde la revolución triunfó, el costo social ha sido alto, costo social en vidas que no tienen precio, camaradas. Costo social en existencia humana de niños, hombres y mujeres que no podemos medir por el dinero. Aún en aquellos países en donde la revolución triunfó hubo que superar el caos económico que crearon la lucha y el drama del combate o de la guerra civil. Aquí podemos hacer la revolución por los cauces que Chile ha buscado con el menor costo social, sin sacrificar vidas y sin desorganizar la producción. Yo los llamo con pasión, los llamo con cariño, los llamo como un hermano mayor a entender nuestra responsabilidad; les hablo como el compañero presidente, para defender el futuro de Chile, que está en manos de ustedes trabajadores de mi patria”[6].

De hecho, el llamado que Allende realizó ese 1 de mayo de 1971 a los trabajadores chilenos en pro de la construcción de una revolución socialista, pacífica y democrática, tenía sus bases sentadas en los prejuicios de la burguesía chilena que veía en el triunfo de la Unidad Popular el inicio de una violencia generalizada. La creencia difusa entre las clases media y alta chilenas de que el pueblo ahora en el poder sería sinónimo de violencia y desorden fue contradicha desde los primeros discursos de Salvador Allende como presidente. Incluso hay un detalle importante que tiene que ver con la micro-historia. Antes de tomar formalmente el poder en una conglomeración multitudinaria que se organizó, justo después del triunfo, el 5 de septiembre de 1970, el presidente Allende, pidió expresamente al pueblo pacifismo y disciplina: “Ustedes se retirarán a sus casas sin que haya el menor asomo de una provocación y sin dejarse provocar. El pueblo sabe que sus problemas no se solucionan rompiendo vidrios o golpeando un automóvil. Y aquellos que dijeron que el día de mañana los disturbios iban a caracterizar nuestra victoria, se encontrarán con la conciencia y la responsabilidad de ustedes”[7].

Dos meses más tardes, durante su discurso inaugural pronunciado el 5 de noviembre de 1970 en el Estado Nacional, el Compañero Presidente llamó a la calma y la cordura al pueblo ahora en el gobierno. Citando el escudo nacional chileno que expresa “por la razón o la fuerza”, el nuevo Presidente afirmó que “primero estaba la razón”, y que evitaría por todos los modos posibles “las luchas fraticidas”. Claro está, “sin renunciar jamás a reivindicar los derechos del pueblo”[8]. Las esperanzas no faltaban en ese año de 1970 en el cual Salvador Allende afirmaba tajantemente que “Chile inicia su marcha hacia el socialismo sin haber sufrido la trágica experiencia de una guerra fraticida”[9].

Pero no sería precisamente el pueblo, ahora en el gobierno, quien mostraría algún indicio de violencia. Fueron más bien las clases pudientes chilenas quienes, desde el momento mismo de la toma del poder por parte de la Unidad Popular, propiciaron todo tipo de violencia para quebrar el hilo constitucional y el gobierno democráticamente electo.

Pocos días antes que el Congreso ratificara a Allende la CIA, liderizada por el gobierno de Nixon, asesinó al General Schneider, Comandante en Jefe del Ejército, quien era un militar respetuoso de la Constitución y contrario a la participación de los militares en la vida política. Dicho hecho condujo a que la Democracia Cristiana votara a favor de Allende en el Congreso. Fue por esta vía que el Senador Allende sería ratificado por el Congreso con 153 votos, contra 35 votos del Señor Jorge Alesandri.

Durante el primer año de gobierno Allende había tocado los intereses de la burguesía chilena quien desde el inicio mostró pruebas de una violencia y una intolerancia a toda prueba. La nacionalización del Cobre, en manos de una empresa estadounidense, se convertiría en uno de los paradigmas del camino de Chile hacia el socialismo. Camino lleno de trabas pues con el cobre el gobierno de Allende tocaba intereses, no sólo de la burguesía chilena, sino también de capitales foráneos. No obstante el peligro latente que implicaba dicha nacionalización, Allende se mantuvo firme en su lucha y en 1971 expresaba tajantemente: “el cobre es el sueldo de Chile. Y deben entenderlo también el gobierno y el pueblo norteamericano. Cuando nosotros planteamos nacionalizar nuestras minas no lo hacemos para agredir a los inversionistas de Estados Unidos. Si fueran japoneses, soviéticos, franceses o españoles, igual haríamos”[10].

De hecho se debe notar que en lo correspondiente a la nacionalización coinciden los procesos revolucionarios de Chile y Venezuela. La nacionalización del cobre chileno corresponde a lo ocurrido con el petróleo venezolano. Cuando la oligarquía venezolana quiso acabar con el mandato constitucional del Presidente Hugo Chávez fue precisamente la industria petrolera, sueldo del Estado venezolano, a quien atacó. Entre diciembre 2002 y febrero 2003 las elites de la empresa petrolera de Venezuela (PDVSA) realizaron un sabotaje petrolero que dejó durante unos sesenta días al país sin su fuente principal de ingreso. La única reivindicación de los protagonistas de dicho sabotaje fue nada más y nada menos que la demisión del Presidente Hugo Chávez, electo por mandato popular. El desenlace favorable para el gobierno del Presidente de dicho impasse trajo consigo la reapropiación y la verdadera nacionalización de la industria básica del pueblo venezolano.

El paralelismo anteriormente expuesto entre estos dos países se hace todavía más evidente si tomamos en consideración el hecho que, también en Chile, la oligarquía perpetró un sabotaje de la economía y la vida de sus ciudadanos a través de lo que se conoció como el paro de camioneros. El 10 de octubre de 1972 la Confederación de dueños de camiones se paralizó bajo la tajante consigna (de uno de sus representantes el líder gremial de camioneros León Villanía): “este paro va a durar hasta que triunfemos”[11] o, en otras palabras, hasta que Allende caiga. El paro fue apoyado por la cámara de comerciantes, la pequeña industria, los médicos y empleados bancarios. A través de este macabro método la oligarquía había paralizado al país. También en este caso el gobierno del presidente Allende respondió y creando una compañía estatal de transporte para placar la ofensiva de los propietarios de camiones.

 

Pero la violencia social y política de la oposición contraria al Gobierno de la Unidad Popular seguía en su negativa de enrumbarse por caminos y métodos democráticos y propiciaron sistemáticamente el desabastecimiento en todo el país. A partir de 1972 comenzó a darse dicho fenómeno aupado por empresarios, agricultores y comerciantes desestabilizadores. Los productos fueron desapareciendo paulatinamente de los estantes reapareciendo sin más en el mercado negro con precios inaccesibles. Para enfrentar dicho flagelo el gobierno colocó precios oficiales de los productos que no fueron acatados por los vendedores. La guerra ahora era frontal.

El malestar que se encontraba detrás del ataque sistemático por parte de la oligarquía chilena no era otro que la voluntad por parte de Allende de nacionalizar todo espacio estratégico para lograr la reapropiación de las riquezas chilenas. Ejemplo de ello fue la irrevocable intención de Allende de llevar a feliz término una Reforma Agraria sin la cual era imposible cristalizar toda revolución: “Si el cobre es el suelo de Chile, la tierra es el alimento para el hambre, y no puede seguir produciendo lo que hasta ahora ha producido. Por eso se ha impulsado la Reforma Agraria; por eso se ha modificado la propiedad de la tierra; por eso hay que cambiar los métodos de explotación; por eso hay que poner el crédito, la semilla, el abono y la ayuda técnica junto al campesino, al pequeño y mediano agricultor, por eso hay que terminar con el minifundio”[12].

Hay que insistir sobre el hecho que la nacionalización de la empresa estadounidense del cobre, la banca privada, los servicios públicos, varias industrias básicas, la Reforma Agraria y la reapropiación de los medios de producción, fueron iniciativas que se concretaron desde el primer año de gobierno. Ese inicio del gobierno de la Unidad Popular fue caracterizado por una efervescencia y optimismo popular que se podía palpar por todo el territorio chileno. Ello llevó al triunfo del 4 de abril de 1971 en las elecciones que se celebraron en 280 Municipios. Dicha victoria poseía un valor táctico pues hacía prever el inminente triunfo en las futuras elecciones congresionales de 1973 con las cuales seguramente se sellaría el triunfo de eso que Allende llamaba la “Revolución Chilena” o “la vía chilena al socialismo”. De hecho, durante las elecciones de marzo de 1973 la Unidad Popular realizaría un evento inédito para un partido en el gobierno, al aumentar del 7% la votación. Ahora sólo quedaba esperar en las elecciones que nunca se darían en 1976 para concretizar la mayoría en el Congreso.

Durante ese primer año la derecha observó y preparó lo que tres años más tarde se concretaría en el fatídico golpe de estado de Pinochet. Con la visita de Fidel Castro el 10 de noviembre de 1971 a Chile la oposición aceleró su ofensiva. En la estrategia que habría de aplicar la oposición chilena actuarían diversos personajes de la sociedad chilena como por ejemplo las doñas adineradas quienes, publicitadas por el diario pro estadounidense El Mercurio, perpetuaban manifestaciones como la tristemente célebre “marcha de las cazuelas vacías”, que mucho tenían que ver con los cacerolazos de las adineradas urbanizaciones caraqueñas.

También los Estudiantes de las universidades privadas chilenas fungieron como actores desestabilizadores. Ya en 1971 en la Plaza Bulnes de Santiago el Presidente Allende llamaba a la cordura a Estudiantes de la Universidad Católica quienes ponían en duda el carácter democrático del gobierno y propiciaban acciones fuera de la ley: “Y de aquí les contesto a los jóvenes de la Universidad Católica – tan inquietos – que el Gobierno del Pueblo respetará a los que disientan de él. No nos inquieta la crítica, lo único que exigimos es que ella se realice dentro del contexto jurídico que nosotros estamos observando”[13].

 

De la misma manera uno de los actores más importantes de la táctica, que la oligarquía conjuntamente con la CIA puso en marcha, fueron los medios privados de comunicación. Éstos se convirtieron en operadores políticos al servicio de intereses foráneos. Las acciones que los medios pusieron en práctica se fundaban en la desinformación tanto a nivel nacional como internacional. Aquí se encontraba precisamente el carácter paradoxal de los medios de comunicación privados durante la Revolución. Mientras por una parte exigían que se respetase el derecho a la libertad de expresión, por otra utilizaban el mismo para desinformar a través de matrices de opinión que fungían como instrumentos políticos. Allende mostró conciencia de ello cuando expresó delante de los trabajadores chilenos “los diarios nuestros, los diarios que reclaman libertad, mientras tanto publican lo que se les ocurre y reproducen artículos que, por desgracia, en muchas capitales latinoamericanas y de Europa escriben en contra nuestra, desfigurando, lo que queremos y a dónde vamos”[14]. La pregunta sería entonces: ¿Qué quería el Chile revolucionario y a dónde iba?

El gobierno de Allende tenía como norte la instauración de un socialismo el cual pasaba, según sus mismas palabras en el seno del Congreso, por “un modelo nuevo de Estado, de economía y de sociedad”[15]. En otras palabras se planteaba una transformación radical de toda la estructura social, política y económica hasta ese entonces existida. Pero si bien es cierto que la finalidad lucía clara, existía una dificultad con relación al cómo hacerlo. La cuestión de los medio que se habrían de implementar era fundamental, sobre todo visto la ausencia de modelos predefinidos que inspiraran esa Revolución inédita.

Lo primero que habría de hacerse – y así lo expresó Allende en su primer discurso como presidente – era cambiar el modelo político y económico que había llevado a Chile a la situación de extrema pobreza con la que se topó en su gobierno: “Sabemos bien, por experiencia propia, que las causas reales de nuestro atraso están en el sistema. En este sistema capitalista dependiente que, en el plano interno opone las mayorías necesitadas a minorías ricas, y en el plano internacional opone los pueblos poderosos a los pobres y los más costean la prosperidad de los menos”[16]. Para luchar contra el sistema la meta propuesta por el Presidente ese 5 de noviembre de 1970 era clara. Se debía, antes que todo, mirar hacia una “racionalidad de la actividad económica, la progresiva socialización de los medios productivos y la superación de la división en clases”[17].

Pero el plan de trabajo socialista y revolucionario antes expuesto sólo habría de lograrse a partir de la instauración del Poder Popular como protagonista económico y fautor político del proceso. Y en ese sentido, el propio Allende se preguntó y le preguntó a las multitudes conglomeradas en el Estadio Nacional durante ese primer día de gobierno: ¿Qué es el Poder Popular? La respuesta dada por Allende no pudo ser más propicia para la Venezuela de hoy día:

Poder popular significa que acabaremos con los pilares donde se afianzan las minorías que, desde siempre, condenaron a nuestro país al subdesarrollo. Acabaremos con los monopolios, que entregan a unas pocas docenas de familias el control de la economía. Acabaremos con un sistema fiscal puesto al servicio del lucro que siempre ha gravado más a los pobres que a los ricos. Que ha concentrado el ahorro nacional en manos de los banqueros y su apetito de enriquecimiento. Vamos a nacionalizar el crédito para ponerlo a servicio de la prosperidad nacional y popular. Acabaremos con los latifundios, que siguen condenando a miles de campesinos a la sumisión, a la miseria, impidiendo que el país obtenga de sus tierras todos los alimentos que necesitamos. Una auténtica reforma agraria hará esto posible. Terminaremos con el proceso de desnacionalización cada vez mayor, de nuestras industrias y fuentes de trabajo, que nos somete a la explotación foránea. Recuperaremos para Chile sus riquezas fundamentales. Vamos a devolver a nuestro pueblo las grande minas de cobre, de carbón, de hierro, de salitre”[18].

Resulta interesante notar que para Allende la definición del Poder Popular coincidía exactamente con su programa de gobierno. No se podía dar el poder al pueblo sin antes desmontar la estructura existente para ese 1970. Pero lo que resulta todavía más sorprendente es que todo lo planteado en ese discurso inaugural fue cristalizado en algunos meses. De ahí el indiscutible carácter revolucionario del gobierno de la Unidad Popular.

Ahora, no se puede hablar de un Poder Popular sin antes plantear la participación como herramienta fundamental para que el pueblo se reapropie del poder. Allende veía en su gobierno la oportunidad de concretar la participación popular: “Ésta es la hora de que ella se haga efectiva”. Claro está que no puede existir participación sin reformar el Estado heredado y él estaba conciente de ello. Es ésta la dificultad de toda Revolución: acabar con un Estado que funge como separación entre el poder y el pueblo al monopolizar todas las posibilidades de un efectivo Poder Popular: “Yo sé que esta palabra Estado infunde cierta aprensión. Se ha abusado mucho de ella y en muchos casos se la usa para desprestigiar un sistema social justo. No le tengan miedo a la palabra Estado, porque dentro del Estado, en el Gobierno Popular, están ustedes, estamos todos. Juntos debemos perfeccionarlo para hacerlo eficiente, moderno, revolucionario”[19].

Allende no planteaba entonces otra cosa que dar a luz un modelo socialista y así lo expresó en 1971 delante del Poder Legislativo: “Nuestra tarea es definir y poner en práctica, como la vía chilena al socialismo, un modelo nuevo de Estado, de economía y de sociedad”. Pero ahí radica precisamente el reto y la dificultad, en la construcción de un modelo sin precedentes históricos: “no existen experiencias anteriores que podamos usar como modelo; tenemos que desarrollar la teoría y la práctica de nuevas formas de organización social, política y económica, tanto para la ruptura con el subdesarrollo como para la creación socialista”[20].

También en este punto resulta interesante notar un paralelismo histórico entre las realidades chilenas y venezolanas. El reto que se le presentaba al pueblo chileno en la construcción de eso que llamaba “la vía chilena al socialismo”, bien podría compararse al desafío venezolano en la construcción y consolidación de lo que se ha querido nombrar como “socialismo del siglo XXI”.

El gobierno de la Unidad Popular para implementar su camino hacia el Socialismo comenzó por la creación de cooperativas y colectivos campesinos como primera forma de organización popular de base en el campo político y económico. De hecho, no fue casual que durante el funesto 11 de septiembre de 1973, no sólo el Palacio de la Moneda fue bombardeado, sino también estas organizaciones de bases. Si a algo le temía la oligarquía chilena era a estas cristalizaciones del Poder Popular donde se encontraban la semilla del verdadero cambio de paradigma hacia el Socialismo.

Pero para dar más luces sobre los mecanismos que llevarían a la concretización del Poder Popular debemos adentrarnos en algunas de las ideas fundamentales que inspiraban el Programa de la Unidad Popular. En el mismo se preveía entregar a “las organizaciones sociales los medios reales para ejercer los derechos democráticos y crear los mecanismos que le permitan al pueblo actuar en los diferentes niveles del aparato del Estado”. También se dejaba en claro el carácter del gobierno socialista en lo que respecta a su fuerte oposición a “la burguesía y el imperialismo, que identifican la autoridad con la coerción ejercida contra el pueblo”.

 

Todo ello corresponde entonces a la iniciativa irrefutable de la “incorporación masiva del pueblo al poder estatal”. La forma de cristalizar esto, desde el punto de vista institucional, era la “creación de un parlamento democrático unicameral que llevaría el nombre de Asamblea del Pueblo, en el cual los representantes populares estarían sujetos al mecanismo de la revocación”[21]. Mecanismo que además está inserto y contemplado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Otro elemento importante que Allende habría de aplicar para la realización de su programa socialista era precisamente el alargamiento de la concepción clásica de propiedad (que sólo contempla la propiedad privada) a través de la creación de una propiedad social. Dicha idea de propiedad surge de manera más tácita en su primera alocución delante del congreso en 1971. De hecho resultaba impensable poner en práctica cooperativas y colectivos campesino en Chile a partir de la propiedad privada como única forma de propiedad posible. Dicha discusión se inscribe milimétricamente en los cambios que se han planteado en Venezuela al artículo 115 de su Constitución con miras a una extensión de la concepción de propiedad – en tanto que propiedad privada – hacia una propiedad social.

De todo ello surgen entonces iniciativas como por ejemplo las empresas de autogestión que caracterizan, tanto al socialismo chileno de la época, como al venezolano de hoy día. Allende planteaba el hecho que “en los sectores social y mixto de la economía los trabajadores dejarán de ser simple asalariados para integrarse, junto con los representantes del Estado – que son ustedes mismos –, a la dirección de esas empresas […]”[22]. Hay que notar que dichas empresas fueron determinante en los momentos de crisis económica artificialmente creados por la oligarquía chilena. La unión de los trabajadores organizados permitió mantener el curso de la economía en medio de ataques internos y externos al gobierno de Allende.

De los discursos recogidos en este libro resulta claro que para Allende no puede existir en la práctica la construcción de un socialismo sin antes luchar contra el peligro de la desunión. El tema de la unidad es uno de los comunes denominadores de su pensamiento político. Allende es conciente del hecho que fue la coalición de varios partidos de izquierda quien lo llevó finalmente al poder después de varias postulaciones presidenciales. Pero hay que aclarar que esa unión, el Compañero Presidente, no la confunde con la creación de un Partido Único. Ya en 1970 expresaba: “que nadie se llame al engaño, los teóricos del marxismo nunca han pretendido, ni la historia demuestra que un partido único sea una necesidad en el proceso de transición hacia el socialismo”[23].

Más allá del aspecto meramente partidista, y una vez en el poder, Allende se da cuenta que ahora el reto se encontraba en la unión del pueblo todo: “Si cada cual toma el camino que se le ocurra, aquí se va a producir el caos, compañeros, y eso es lo que ellos quieren: que no se produzca en la tierra, que no se produzca en las industrias, que haya dificultades”[24].

Sólo a través de la unidad sería posible llevar adelante la revolución socialista chilena: “la fuerza vital de la unidad romperá los diques de la dictadura y abrirá el cauce para que los pueblos puedan ser libres y puedan construir su propio destino”[25]. Sin la unidad popular en la cual insistía el Presidente Allende era impensable plantear la autodeterminación que fundamenta toda Revolución: “sólo unidos hombro a hombro todos los que aman esta Paria, los que creen en ella, podremos romper el subdesarrollo y edificar la nueva sociedad”[26].

 

Pero hay que aclarar que la unidad no sólo se resume a una coalición de partidos o a una unión del pueblo dentro de sus fronteras. El planteamiento en pro de la unión también tiene que ver con los pueblos latinoamericanos. La independencia política del continente desde el inicio se vislumbró como unión latinoamericana. Según Allende, “nuestros pueblos nacieron a la independencia política porque hombres nacidos en patrias distintas levantaron las común banderas, y Bolívar y Sucre y San Martín y Martí y O’Higgins fueron latinoamericanos para luchar con las armas por su independencia”[27].

Es justamente aquí que encontramos unos de los fundamentales dramas de la experiencia chilena. A parte del apoyo cubano, Chile se encontraba prácticamente solo en el continente. Una importante diferencia entre el Chile de la época y la Venezuela de hoy día son los lazos que ambos países tuvieron y tienen en Latinoamérica. El Chile de esos años setenta no contaba con el apoyo de sus vecinos subcontinentales. El gobierno de Allende estaba rodeado por dictaduras unidas entre sí militarmente por el Plan Condor. Gobiernos como el de Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay se encontraban bajo regimenes militares teleguiados por el gobierno de Nixon, bajo la persona de Kissinger quien instauró el método de la tortura en la zona. Ello influyó de manera determinante, no sólo en la ausencia de apoyo por parte de sus vecinos sino, más aún, en la conformación de una red internacional de inteligencia militar que fraguó el golpe de estado del 73 y la persecución de la izquierda chilena por todo el continente.

De hecho, el apoyo cubano era visto como una piedra en el zapato por la oligarquía que fraguaba, ya desde el año 1970, el golpe. En varias ocasiones el mismo Salvador Allende tuvo que defender públicamente la solidaridad y el espíritu de unión latinoamericanista del pueblo cubano. En su discurso del 1 de mayo de 1971 agradece y cita públicamente las palabras de Fidel Castro: “Expreso al pueblo de Chile, desinteresadamente, fraternalmente, con el espíritu de Girón, que cuando lo necesiten pueden contar con nuestra sangre; cuando lo necesiten pueden contar con nuestras vidas”. Una vez evocadas esas palabras de apoyo por parte de Fidel, concluye Allende: “Ésa es solidaridad; ése es un concepto de la Revolución sin fronteras”[28].

III

Santiago, 11 de Septiembre 1973 – Latinoamérica, Siglo XXI

Allende hasta el final de su vida sostuvo una confianza en las Fuerzas Armadas chilenas fundada sobre todo en dos razones. Por una parte pensaba que las mismas poseían una fuerte carga de constitucionalismo que en ningún caso le permitiría pasar contra la autoridad de un presidente elegido por las mayorías y ratificado por el Congreso. Por otra, defendía “la conciencia patriótica de (nuestras) Fuerzas Armadas y de Carabineros, su tradición profesional y su sometimiento al poder civil”[29]. Dicha postura en relación a las fuerzas militares chilenas estaban amparadas en la figura del general constitucionalista Schneider quien sería asesinado durante su gobierno para dar así paso a figuras emergentes como las de Prats y, más tarde, Pinochet.

El jefe del ejercito en ese momento era el General Prats quien a pesar de las diferencias con Allende apoyaba el sistema democrático. La prueba de ello fue su posición frente a la intentona de golpe que se dio el 29 de junio de 1973 conocida como el “tancazo”. Dicha maniobra militar fue orquestada a partir del posicionamiento delante de la Moneda de una columna de tanques. La intentona de alzamiento no se dio gracias a la oposición que le puso Prats, Pickering, Urbina, Sepúlveda y Pinochet, a quienes Allende daría las gracias públicamente ese mismo día desde el balcón del Palacio de la Moneda. El futuro traidor Pinochet estaba en ese momento a cargo de la más importante unidad del ejército chileno.

En agosto de 1973 fue dada la última maniobra antes del golpe: el General Pinochet con 57 años y casi al final de su carrera remplazó al general Prats en la jefatura del Ejército. Este cambio táctico del ala golpista de las Fuerzas Armadas coincidió – en el plan orquestado desde la CIA – con intentonas de golpe, desabastecimiento, atentados, huelgas y sobre todo un clima de zozobra y violencia creada voluntariamente por los opositores.

El golpe de estado estaba previsto para el 17 de septiembre de 1973, pero la decisión de Allende de llamar a un plebiscito el 11 de septiembre en un acto que se realizaría ese día en la Universidad Técnica del Estado en Santiago, para consultar al pueblo chileno si la reacción tenía mayoría, entorpecía la fecha prevista para el golpe. Fue así que Pinochet, cercano en ese momento de Allende, “adelantó” la fecha del golpe para el mismo 11 de septiembre.

El golpe estaba planeado con una cobertura: el movimiento de tropas que se realiza anualmente el 17 de septiembre en preparación del desfile militar en Santiago el 19 de septiembre con motivo de la Fiesta Nacional del 18 de septiembre. El anuncio de Allende hacer un llamado a plebiscito el 11 desbarataba toda la planificación ya que nadie en Chile en la época habría podido demostrar su oposición a un referendum democrático en que el pueblo en su conjunto detrminaia si apoyaba o no al gobierno de Allende. Si se hacßia el plebiscito, el golpismo estaba perdido.

A las seis de la mañana del 11 de septiembre de 1973 ya el golpe había comenzado. La primera maniobra consistió en el traslado de tropas militares desde Valparaíso hacia Santiago de Chile. El plan había sido pensado hasta en sus más mínimos detalles. De hecho mientras un golpe de estado se perpetuaba contra un gobierno legítimo, la armada estadounidense desarrollaba en la zona ejercicios bélicos tomando como excusa el “Operación Unitas”, maniobras conjuntzas en alta mar entre buques chilenos y de Estados Unidos. Esa maniobra sirvió para justificar y disimular la presencia en el espacio aéreo chileno de un avión AWAC de la Fuerza Aérea de EEUU que posibilitó las comunicaciones entre la colina de mando de Pinochet y sus cómplices en el llano y en todo Chile.

Ya Pinochet se encontraba en el Cuartel de Peñalolen, cuartel general desde donde dirigió el golpe. El presidente, ya al tanto de la sublevación militar abandonó su residencia oficial en la calle Tomas Moro para dirigirse al Palacio de La Moneda. A través de la radio el presidente comunicó al pueblo la situación.

En conversaciones entre militares golpistas se puede escuchar cómo, al confirmarse la presencia de Allende en el Palacio de La Moneda, la respuesta de uno de ellos fue: “Entonces hay que estar listos para actuar sobre él. Más vale… matar la perra… se acaba la leva…”. Pero Allende había tomado la decisión de permanecer en La Moneda y, desde allí, defender su mandato constitucional. Dicha postura fue confirmada por el Ministro de Educación de Allende, Edgardo Enriquez Espinoza quien, apenas salido del Palacio, afirmó delante de las cámaras de televisión que “el presidente estaba decidido a mantener el gobierno. Eso fue lo que él dijo y no tiene ninguna vacilación al respecto”.

Los himnos y motivos musicales marciales poblaron casi todas las radios chilenas callando las melodías de los Parras y Víctor Jara. Cada cierto tiempo un silencio antecedía la proclama inicial de los militares golpistas encabezados por la junta militar: “Las fuerzas Armadas y Carabineros de Chile declaran. Primero: que el Señor Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su alto cargo a las fuerzas Armadas y Carabineros de Chile. Segundo: que las fuerzas Armadas y el cuerpo de Carabineros de Chile están unidos para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la patria de yugo marxista y la restauración del orden y de la institucionalidad. Firmado: Augusto Pinochet Ugarte, General de Ejercito, Comandante en Jefe del Ejército; Toribio Merino Castro, Almirante, Comandante en Jefe de la Armada; Gustavo Leigh Guzmán, General del Aire, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea; Cesar Mendoza Durán, Director General de Carabineros de Chile.

Mientras tantos continuaban las conversaciones entre Pinochet y sus negociadores en las cuales el general golpista exigía “Rendición incondicional. Nada de parlamentar”. Pinochet afirmaba que nada más se le “respetaría la vida y su integridad física y se le despacharía pa’ otra parte… Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país, pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando”. Delante de la negativa del Presidente Allende de abandonar el Palacio, la afirmación de Pinochet fue tajante: “a las once en punto se bombardea”. Pero incluso antes, a las 9:30 a.m. Pinochet ordenó a los tanque bombardear el Palacio.

Dos eventos penosos inauguraron la dictadura de Pinochet. Una vez finalizado el ataque aéreo y la resistencia por parte de los allegados de Salvador Allende, el General Javier Palacios entró a la Moneda y salió poco después con la ametralladora que encontraron junto con el cuerpo del Presidente. Con una actitud de ironía macabra el General mostró orgulloso a los periodistas el arma afirmando que se trataba de una “metralleta, parece regalada por Fidel Castro directamente al Presidente, ignoro cuando y fue con la que al parecer se suicidó. Dice textualmente “A Salvador de su compañero de armas, Fidel Castro”.

Las primeras órdenes de Pinochet en tanto que dictador fue “que lo echen (el cuerpo de Allende) en un cajón y lo embarquen en un avión, viejo, junto con la familia, que el entierro lo hagan en otra parte, en Cuba. Vamos a tener una pelota para el entierro. ¡Si este gallo hasta para morir tuvo problemas!”,

Fue precisamente en medio de ese clima de muerte que Allende tuvo la lucidez de dejar marcado en la historia su testamento bajo la semblanza de su último discurso, el cual da nombre a la presente publicación: “Sigan ustedes sabiendo que más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”[30].

El presidente tenía un casco de guerra y tenía la ametralladora que le había regalado Fidel Castro, según versiones ya que dicha arma no ha sido encontrada nunca, desapareció. Dispuso que se fueran las mujeres, los familiares y quienes no tuvieran adiestramiento militar. Allende quedó solo con su custodia enfrentado a un ejército completo. Nueve años más tarde Gabriel García Márquez, recibiendo en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura, evocaría ese último día de la vida del Compañero Presidente como digno de nuestro Realismo Mágico: “En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército”.

Lo cierto fue que durante ese fatídico mes de septiembre de 1973 perdimos a tres chilenos universales. El 11 de septiembre nos deja el Compañero Presidente Salvador Allende, el 17 de septiembre la voz revolucionaria de Víctor Jara y el 23 de septiembre el Poeta de América Pablo Neruda. La pregunta que hemos de hacernos iniciando este siglo XXI es: ¿por qué?

 

Acaso sea verdad para estos tres revolucionarios lo que Alí Primera dijo a propósito del poeta: “no canta Pablo Neruda los versos del General, porque era mucho poeta, para ver morir su pueblo, y sobrevivir al hecho”.

La época que heredamos fue nefasta. La describe Gabriel García Márquez en ese monumental discurso de 1982: “Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años”.

Las dictaduras se extinguieron en Latinoamérica y dieron paso a “democracias” neoliberales tan apoyadas por los Estados Unidos como las primeras. Ambos sistemas empobrecieron y llenaron de calamidades a Latinoaméricas.

Pero la herencia que dejó el Compañero Presidente fue categórica y estuvo siempre ahí: “Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria”. No hay duda. Su voz se siguió escuchando en las luchas latinoamericanas, y más allá. Y hoy su presencia está aquí acompañando a pueblos alzados.

Como lo predijo a propósito de los traidores, “la historia los juzgará”. Tuvo razón. Fue la historia, y no los jueces, quien habría de juzgar al traidor, a Pinochet. Fue la historia quien lo juzgó, es decir, los pueblos.

El siglo XXI se nos abre a los latinoamericanos con su promesa: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grande alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”[31]. ¿Se abrieron las grandes alamedas? Algo es cierto, Latinoamérica parece haber despertado y la respuesta a dicha pregunta sólo la pueden dar los pueblos con sus acciones. Por su parte, Allende no lo dudó ni un instante: “Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse”. Estamos superándolo.

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