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Pacuenses eligieron un rey de la isla

por Marcelo Simonetti, desde Isla de Pascua para el diario La Tercera de Santiago. - 16/10/2011

Después de más de cien años, la isla ha vuelto a tener un rey. Se llama Valentino Riroroko (79) y fue elegido hace dos meses por el Parlamento de Rapa Nui, organismo crítico a la soberanía chilena. Por eso, en su primera acción, el monarca demandó al Estado de Chile y pide una indemnización millonaria por perjuicios y la anulación del Tratado de 1888. El asunto está en tribunales. ¿Quién es este hombre?

El último rey rapanui

A ratos, el rey se queda en silencio. Observando. Como un testigo de esa realidad que se desata a su lado, por momentos como una tormenta. La sala es austera y tiene el encanto deslavado de las sedes de esos partidos políticos de izquierda de antaño, donde lo accesorio no existe. Hay varias sillas, una mesa, un escritorio, un mapa de la isla que parece llevar mucho tiempo colgado en la pared. Escucho la voz combativa y rasposa de Leviante Araki, el presidente del Parlamento Rapa Nui. Escucho la voz nítida de Inés Teave, la vicepresidenta, que parece cortar el aire con su filo. Afuera, la tarde cae en Hanga Roa, con cielo de postal. Palabras como lucha, independencia, territorio, Chile, injusticia salen de sus labios. Yo miro y escucho, en silencio. Igual que el rey.

Valentino Riroroko Tuki es el rey de Isla de Pascua. El último. El más reciente. Hace dos meses lo proclamaron en la Plaza de la Gobernación los miembros del Parlamento Rapa Nui, el grupo que se separó del ancestral Consejo de Ancianos en 1993 y cuya postura es más radical: quieren que Chile no tenga la soberanía de Isla de Pascua. Ese día, al rey le pusieron una corona de plumas y mahute. Había sol. También chubascos. Eran cerca de 60 personas.

Ahora dejamos atrás la avenida Atamu Tekena -la principal de Hanga Roa- y nos adentramos por un camino de tierra. Es de mañana. Hay pequeñas parcelas a un lado y otro. Unos perros flacos y desgreñados ladran al paso del jeep. La casa del rey está lejos de ser un palacio. Es una casita modesta. Así, como se ve, parece deshabitada. Lo llamamos a los gritos. Nadie contesta. La puerta está abierta y por ahí salen dos gatos curiosos. De pronto, entre los árboles, aparece él. Avanza con la velocidad que sus 79 años le permiten, sin bastón, el pelo cano, anteojos de marco grueso. Cuando me estrecha la mano, curtida y fuerte, siento los oficios con los que se ha ganado la vida: agricultor, pescador, artesano.

-Aquí está el rey pobre -dice con esa voz que se le ha ido gastando con los años, un poco quebradiza, amistosa. Una voz que parece más la de un agricultor, la de un pescador, la de un artesano, que la de un rey.

La soledad del poder aún no corroe su cotidianidad. Quizá porque lleva apenas dos meses, quizá porque el poder que tiene no es tanto, quizá porque no lo ambiciona. Vive rodeado de la mayoría de sus ocho hijos y 24 nietos, repartidos en una franja de 11 hectáreas, en la que se levantan casas pequeñas, con árboles, huertas y perros. Y prácticamente todos los días desayuna una taza de té o hierba Luisa y un trozo de pescado. Luego de unos minutos, me dice:

-Tengo que anular el Tratado de 1888 que firmó el rey Atamu Tekena. Por culpa de ese tratado han pasado tantas cosas malas en la isla. Si nosotros teníamos menos derechos que los animales. A los animales les anotaban las pariciones. A nosotros, ni los nombres. Si un rey firmó ese tratado, un rey se encargará de anularlo. Por eso estoy aquí.

Después de cien años, la isla vuelve a tener un rey. Y en la explicación de eso hay una diabetes y una demanda. También un abogado.

 

Leviante Araki y Erity Teave, directivos del Parlamento Rapa Nui, contactaron al abogado Osvaldo Gálvez, amante de la historia y de la Isla de Pascua. Buscaban redactar una demanda que hiciera tambalear al Estado, querían anular el Acuerdo de Voluntades de 1888 (por el que Atamu Tekena cedía la soberanía a Chile a cambio de protección). El abogado fue quien les dijo que era indispensable la existencia de un rey para deshacer ese acuerdo. Un rey que, hasta entonces, no tenían.

Los representantes de las 36 familias ancestrales, agrupadas en torno al Parlamento, acordaron que el nuevo monarca debía ser el mayor de los descendientes del último rey, Simeón Riro Kainga, asesinado en 1898. El nieto más longevo era Benedicto Riroroko. Sin embargo, había un problema, como bien explica el abogado Gálvez: "Ese rey tenía que estar en condiciones de poder presentarse en un juicio para defender los argumentos de esa demanda. Benedicto Riroroko tiene más de 90 años y está postrado en cama, como consecuencia de una diabetes. No puede moverse".

Recién entonces surgió el nombre del hermano menor de Benedicto, Valentino.

Ungido como nuevo rey, la demanda contra el Estado de Chile se presentó a su nombre los primeros días de agosto, en el 2° Juzgado Civil de Valparaíso. En ella exige el término del Acuerdo de Voluntades firmado en 1888 y una indemnización por perjuicios de 175 mil millones de pesos, la que busca compensar el uso de tierras y animales y el retiro de más de 10 mil piezas arqueológicas ancestrales.

El fondo de la demanda aún no ha sido visto por el juez, ya que el abogado del Fisco presentó dos excepciones dilatorias. Resuelto eso, hay un plazo de 10 días para contestar a la demanda. Una victoria en los tribunales dejaría sin efecto el Tratado de 1888 y la isla debería volver a la organización que tuvo antes de la firma de ese acuerdo, con el rey como jerarquía máxima y con el dominio ancestral inalienable sobre las tierras de la isla por parte de los rapanui.

Si la demanda se perdiera, el caso ya está en manos de los abogados de Indian Law, una organización norteamericana que protege los intereses de los pueblos originarios, quienes lo presentarán a la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

La batalla es larga, pero a los rapanui no les preocupa el tiempo.

Valentino Riroroko es heredero de una dinastía inaugurada en el siglo IV por Hotu Matua, el rey colonizador. El poder real se transmitía de padre a primogénito, hasta que las incursiones de peruanos buscando esclavos en 1862 y las epidemias resquebrajaron las ancestrales líneas de sucesión de la monarquía. Las misiones religiosas que llegaron en 1864 intervinieron la sucesión, abriendo paso a una galería variopinta de monarcas: el francés Jean Baptiste Ounésime Dutrou-Bornier esquilmó la isla y se autoproclamó rey; Koreto, la nativa que se casó con Dutrou-Bornier, asumió una vez que los pascuenses asesinaron a su marido; Atamu Tekena fue el primero y el último de una proyectada dinastía católica, y Simeón Riro Kainga, el primero elegido democráticamente. Para la historia oficial, visada por la Marina, con este rey -el abuelo de Valentino- termina la dinastía.

El poder de los últimos reyes palideció cuando Chile, posterior al tratado, dio en arriendo esos 163,6 kilómetros cuadrados de tierra, para usarlos como estancia ganadera. A partir de 1895, el verdadero poder estuvo en manos del administrador de turno: el francés Enrique Merlet, en los primeros años; luego, la compañía Williamson Balfour, que dejó la isla en 1953, y finalmente, la Armada de Chile, que recién en 1966 terminó con el ghetto.

 

La posibilidad de elegir un rey en esas condiciones era un despropósito. Encerrados dentro de un cerco de alambres y pirca, imposibilitados de moverse por toda la isla, enfermos y vejados, la vida de los isleños fue una pesadilla. Como dijo Pedro Hito, representante de su clan en el Parlamento rapanui: "Aquí hubo un Auschwitz y se llamó Hanga Roa".

El rey Valentino nació en 1932. "No teníamos nada. Ni animales ni agua. Las mujeres tenían que recorrer varios kilómetros para traer agua desde el volcán Orongo. Tampoco podíamos pescar", cuenta, sentado en el asiento del copiloto del jeep. Mientras habla, se me viene a la memoria un texto del etnólogo suizo Alfred Métraux, que subrayé antes de viajar a la isla: "Desatendida por los chilenos y bajo la influencia nefasta de los elementos enviados a ese lugar, la Isla de Pascua no decayó, sino que simplemente se pudrió en una miseria irremediable".

Su abuelo rey intentó denunciar los vejámenes y se embarcó a Valparaíso, pero una vez que llegó fue envenenado y enterrado en un lugar desconocido de los cerros porteños. Mucho tiempo después, Valentino Riroroko repitió el viaje de su abuelo buscando huir del infierno que se vivía en la isla, incluso luego de la salida de la compañía Williamson Balfour. Primero, como polizonte en un buque de la Armada, en 1946; luego junto a Jacobo y Ambrosio Riroroko, Gabriel Tuki y Orlando Paoa, en 1955.

-Paremos aquí -me dice. Unos muchachos salen del agua cargando unas canoas en la caleta de Hanga Piko. Se queda unos segundos en silencio, recordando.

-Fue aquí de donde salimos. Queríamos llegar a Tahiti. Teníamos parientes allá. Zarpamos en una chalupa a vela. Cuando llevábamos 30 días navegando, se nos acabó la comida y tres días después, nos quedamos sin agua. Lo único que teníamos para comer era un tarro con manteca. Por suerte llovió. Después de eso tomábamos el agua que había quedado apozada en el bote. Durante más de tres semanas estuvimos casi sin nada que comer.

Tras 54 días llegaron a la isla Atiu, del archipiélago Cook, donde fueron recibidos por el Rey. Enviados por éste quisieron entrar a Tahiti, pero no pudieron.

-No teníamos documentos. Volvimos a las Cook, navegamos a Panamá en un carguero chileno. Nos obligaron a pelar papas hasta Perú, y de ahí a Chile. Al llegar a Valparaíso nos quisieron devolver y yo amenacé a las autoridades con contar a los periodistas cómo nos tenían en la isla. Dejaron que me quedara.

En Chile estuvo casi 20 años. Fue folclorista, artesano y defensor de los derechos de su pueblo. Cuando en 1974 regresó a vivir a Rapa Nui, ya no había alambres. La prohibición de circular libremente por la isla había sido levantada. El Estado chileno los reconocía como ciudadanos. Y la Ley Pascua, dictada por el Parlamento de Eduardo Frei Montalva en 1966, confirmaba que la tierra pertenecía a los isleños y que no se podía vender.

Valentino no es un rey despótico ni arrogante ni ampuloso. Tampoco tiene la estampa del caudillo que aviva las masas ni del orador. Le gusta contar historias, pero en otro tono. Quienes lo conocen lo saludan con respeto y dicen ariki, que en rapanui significa rey. Pero para otros pasa inadvertido. Muchos de los jóvenes, más preocupados de los celulares o del reggaetón, ni siquiera saben que hay un nuevo rey. Nada en su vestimenta da cuenta de su estatus.

Pasamos a la casa de una sobrina. En el patio cuelga un novillo despostado. Es la ofrenda para el velorio que harán los deudos de uno de los siete pascuenses que murieron la última semana en la isla. "Ya me estoy asustando", dice en tono de broma, porque esa es otra de sus características: es un rey divertido. Saluda, toma una silla y se sienta a conversar. Entonces desovilla alguna de las historias que ha vivido: la vez que construyó ese moai de siete metros 60, para una universidad penquista; o el viaje que hizo, por encargo del Presidente Allende, en la barcaza Pinto, al cuidado de Hortensia Bussi y sus tres hijas y que terminó con un curanto en la playa de Anakena.

El cartel llama la atención. Está a dos metros del suelo y una cuadra de las oficinas de Lan. "Para el conocimiento internacional, Rapa Nui jamás entregó ni cedió la soberanía a Chile", dice a trazos gruesos. La frase es parte del ideario del Parlamento Rapa Nui, la agrupación que lleva las riendas en las reivindicaciones isleñas, con protestas y tomas de terreno.

Ese grupo estuvo detrás de las movilizaciones de diciembre del año pasado, que terminaron con represión policial y 30 manifestantes heridos. Las fotos de esas jornadas muestran a los isleños ensangrentados, con impactos de perdigones. Leviante Araki, el presidente del Parlamento, recibió ocho descargas que casi le comprometen un riñón.

Cuando en la tarde me reúno con Araki, con un grupo de parlamentarios y con el rey, en la sede de la agrupación, es fácil entender su rabia: "¡Nunca me he sentido chileno! ¿Cómo podría si el Estado nos mandó a asesinar? Hoy día queremos que Chile se vaya. Chile nunca ha ayudado a esta tierra. Desde los días del rey Hotu Matua hasta hoy, cada clan tiene su territorio y seguimos encerrados en Hanga Roa. Lucharemos por recuperar la tierra que ancestralmente corresponde a cada clan", dice.

Luego es el turno de Inés Teave, la vicepresidenta. Pequeña, enérgica, tiene un discurso claro: "El Estado chileno confunde las cosas. Las leyes que hace son para los chilenos no para nosotros. Aquí hablamos rapanui, es nuestro idioma, no tiene nada que ver con español. Después traen sus libros hechos en Chile, con su mentalidad de Chile, para su pueblo chileno y quiere hacer eso mismo para nosotros. Nos manda chilenos y no queremos más chilenos. La isla es pequeña".

 

Después de una hora y media, la reunión termina. Partimos en el jeep a las cabañas que arrendamos. Un carabinero nos pide los documentos. Es de Angol, lleva tres meses y se acostumbra a la isla. La imagen de un carabinero aquí es extraña. Nos detenemos unos minutos a tomar fotos en los moais del Tahai. El Ahu Tahai y el Ahu Ko Te Riku se recortan contra un cielo nunca visto en Santiago.

Alberto Hotus tiene 82 años y desde hace más de 20 es el presidente del Consejo de Ancianos de la isla, además de concejal por el PPD. Huyó a Valparaíso en la década del 40 y entró a la Armada. Se hizo suboficial, estuvo 25 años en la institución, 18 de los cuales los pasó con los comandos.

Cuando, sentado en su casa, le pregunto por el Parlamento Rapa Nui, que parece haber desplazado al Consejo de Ancianos en la representatividad de las demandas de la isla, dice:

-Todo ese tema es una lesera. Partiendo por ese cartelito que tienen un poco más arriba y que lo único que hace es desprestigiar a la isla. Los turistas piensan que esto es tierra de nadie. Yo estoy con mi país. Yo no soy extranjero. Qué me importa a mí que ellos no se sientan chilenos. Pídales el carné y vea qué dicen sus carnés. O pregúnteles ¿qué pasa cuando están enfermos, dónde se tratan?

Hotus rellena las tazas de café y ofrece galletas. Conoce muy bien la historia rapanui, ha escrito varios libros y es un ferviente católico que toca el acordeón y la guitarra en la misa dominical. El último domingo él estaba ahí cuando el sacerdote hizo ponerse de pie a los representantes de la FACh que viajaron a la isla para una misión médica. Hubo aplausos, pero no de todos.

-Yo soy un agradecido de todas las fuerzas públicas que nos defienden. Conozco Chile de norte a sur y sé que hay comunas que están mucho más atrasadas que la nuestra. Aquí estamos bien. ¿Se imagina volver a los tiempos previos al Acuerdo de Voluntades de 1888? La independencia total es una tontería. La idea es que se nos devuelva la tierra en la medida que la vayamos necesitando. ¿Para qué quiere la independencia? ¿Para vivir en la parte ancestral? ¿Y quién cree usted que va a llevar el agua y la luz para allá?

Cuando posa para la foto, marcial e imperturbable, con una guayabera roja, me dice que el Estado chileno libró a la isla de la lepra, que en un momento todos estaban infectados y que no hay que descuidarse porque hace 15 años volvió a aparecer un caso. "¿Cómo yo voy a morder la mano que me ha ayudado?".

Desde que vino a vivir a la isla, Valentino Riroroko ha regresado al continente sólo por motivos médicos. La última vez que lo hizo, en 2008, debió quedarse por cerca de un año. Hoy su mujer lleva ya varias semanas en Santiago, tratándose un glaucoma.

En la escena final de este encuentro en Rapa Nui, el nuevo rey camina por los alrededores del volcán Orongo, con su corona de plumas y mahute. La tarde cae allá al fondo.

-¿Cómo te imaginas la isla en 50 años más?

-Qué va a saber uno.

-¿Cómo te gustaría que estuviera entonces? -le pregunto. Tras unos segundos, él responde:

-Libre.

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