Jueves, 19 Octubre 2017

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Gobierno intenta transformar en delatores a todos los chilenos

Una de las primeras medidas que adoptó la Junta Militar de Gobierno en septiembre de 1973, una vez consolidado su control sobre todo el país, fue hacer llamados a que los ciudadanos denunciaran a “los marxistas” y para ello habilitaron teléfonos en que dichas denuncias se podían hacer anónimamente y instalaron buzones en que se podían depositar denuncias por escrito también anónimas.

En Chile la tradición popular castiga con desprecio al denunciante, al delator. Quizás por la tradiciín católica que demoniza a Judas, el delator por excelencia, el que entregó a Jesús de Nazareth.

En Chile ha sido siempre algo “feo” delatar. Quizás por eso los llamados de la dictadura antaño no resultaron muy eficientes.

Es sintomático que los vástagos privilegiados del gobierno de Pinochet recurran, hoy en 2011, a esta misma medida.

Así lo denuncia la periodista Paula Vial en el siguiente texto que publicamos in extenso:

Un programa que alienta la delación, la desconfianza y la venganza

Paula Vial 21 Octubre

Héroes anónimos. Así han pretendido engalanar un programa que alienta la delación, la desconfianza entre vecinos y los espacios de venganza y represalia. El programa “Denuncia seguro” de la Subsecretaría de la Prevención del Delito del Ministerio del Interior invita a los ciudadanos a llamar a un teléfono para entregar información, en forma “absolutamente anónima”, resaltan, la que luego es traspasada a las policías o al ministerio público, para detener y sancionar a los denunciados. Se señala, como gancho irresistible, que el anonimato es la principal característica del programa y que permite a la ciudadanía “trabajar en conjunto con el Ministerio y las policías en el combate contra la delincuencia”, ya que los vecinos serían los más indicados para entregar información relevante para la persecución de los delitos.

Desde luego, lo que cualquier sociedad quiere es una comunidad participativa, que busque en conjunto el bien común y que aspire a que unos nos apoyemos en los otros. Lo que todos queremos es vivir en paz y que los delitos sean perseguidos y sancionados si corresponde. Para eso tenemos a los fiscales y a las policías que persiguen y previenen. ¿Por qué entonces recurrir al particular para suplir la ineficiencia de la autoridad? ¿Por qué involucrar al ciudadano en tareas que no le son propias y que generan suspicacias y divisiones entre próximos? ¿Por qué el Ministerio del Interior desarrolla programas como estos si su tarea es la contraria?

Los espacios de riesgo de un proyecto como este son evidentes. Vecinos con cuentas pendientes que aprovechan la iniciativa para hacer realidad su venganza. Acusaciones falsas que no sólo no conducen a resolver delitos sino que provocan resquemor y equívocos, probablemente de nefastos resultados. ¿Y qué pasa con la seguridad de quienes sí entregan información relevante por esta vía? ¿Qué certezas podemos entregarles de que simplemente por llamar a este número no serán objeto de represalias y amenazas? Pero más grave aún, para el propio sistema de justicia y la persecución de las denuncias de delitos: ¿qué validez puede tener una información que es entregada por quien no se identifica? ¿Nuevos testigos sin rostro, ahora institucionalizados en el combate a la delincuencia? No podemos ni debemos alentar nuevas instancias de desprecio por las garantías y respeto de las normas, sin advertir que son ocasión de aquello.

No hay calle en este proyecto. No hay empatía con quienes son los supuestos beneficiarios del mismo. No los conocen, quienes lo proponen llevan a terreno ideas abstractas que en el papel pueden resultar interesantes, pero que en la realidad no tienen cabida. ¿A quiénes se entrega esta herramienta? A personas que quieren que sus policías los protejan y les permitan caminar tranquilos por las calles, no a agentes de la ley entrenados para ello y responsables de los resultados. No hay sintonía con lo que la gente quiere y necesita. Sí, necesitan solución a sus problemas de seguridad, pero no como protagonistas de la respuesta, con riesgos personales y sociales.


 

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