Viernes, 15 Diciembre 2017

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El estornudo de una mosca (Kagelmüsik)

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Por Juan Forn para Página/12 de Buenos Aires
El niño Mauricio Kagel se cansó de que en la escuela y en las casas de sus compañeritos le dijeran que no había nacido un día cualquiera (su cumpleaños era el 24 de diciembre). Finalmente encaró a su madre y le preguntó: “¿Qué más pasó el día que nací?”. La madre le contestó: “Las mujeres no suelen leer el diario en la sala de parto”.

No se piense que mamá Kagel era desamorada con su hijo. Todo lo contrario: la casa de los Kagel rebasaba de libros y revistas y diarios viejos (papá Kagel fue toda su vida librero, editor, imprentero, leía hasta en la ducha, literalmente), pero mamá Kagel se las arregló para hacer entrar un piano en el atestado living de la casa y también un violoncello; y además, profesores particulares de ambos instrumentos, nada de Conservatorio para Mauricio: la madre quería que el hijo se fuera inclinando naturalmente al instrumento con el que tuviera mayor empatía. Hubo también un arpa, después de que mamá Kagel viera una en la vidriera de la Casa Ricordi, un día que paseaba con su hijo, y convenciera a los empujones al pequeño Mauricio para que se colara en la vidriera y “sintiera” el instrumento. Es una escena sin par: el niño flequilludo y encorbatado acunando un arpa en la vidriera de Ricordi, contemplado por su madre con absoluto embeleso. Algo ve el hijo en los ojos de la madre en ese momento que hace completamente anecdótico el hecho de que abandonara las lecciones de arpa a los pocos meses y que después dejara el violoncello y años más tarde el piano y años después también el país, para irse a Alemania a los 27 años a inventar una nueva especie de música.
Mauricio Kagel fue un argentino de extramuros. Uno de esos tantos que se van a hacer afuera lo que no pueden hacer acá, lo logran (John Cage: “El mejor músico europeo que conozco es argentino y se llama Mauricio Kagel”) y se pasan la vida atónitos de que acá no les den ni pelota. El caso Kagel tiene final feliz: dos años antes de su muerte, el Colón le dedicó una Semana Kagel, lo hicieron Ciudadano Ilustre de la Ciudad, y cómo no iban a hacerlo ilustre si el tipo acababa de darle un momento inmortal a Buenos Aires. La Semana Kagel coronaba con la ejecución de Una brisa, una gloriosa pieza musical para 111 ciclistas que consistía en lo siguiente: la concurrencia debía salir al foyer del Colón, a la entrada “linda” del teatro, la de la calle Libertad, y por ahí pasaban 111 ciclistas en compacto contingente, unos silbando, otros entonando una vocal o una consonante, otros haciendo sonar rítmicamente el timbre de sus bocinas. Habían cortado la calle, se había juntado una multitud. El espectáculo duró menos de un minuto, pero las caras de los ciclistas, y las del público del Colón, y las de los transeúntes curiosos, y hasta las de los camarógrafos de la tele y de los policías que cortaban el tránsito, eran una y la misma. Si me permiten un símil delirante, pero en cierto modo afín, fue como si Kagel hubiera logrado proyectar en el cielo nocturno de Buenos Aires la expresión que vio en la cara de su madre aquel día desde la vidriera de Ricordi. Me faltó agregar que, en la partitura de la pieza, Kagel dice que la alegría de los ciclistas se debe a que son músicos a quienes se ha otorgado una nueva sala de concierto largamente prometida y hacia allá marchan, pedaleando. Los músicos y la audiencia no tienen que saber, aclara Kagel en una cáustica nota final, “que las mejores butacas para el concierto de apertura han sido concedidas a los políticos de la ciudad, precisamente aquellos que supieron obstaculizar el proyecto una y otra vez”.
Cuando cayó el Muro en 1989, Kagel estrenó una pieza que tituló Oda interrogadora, en la que se repetía: “¿Libertad? ¿Igualdad? ¿Fraternidad? ¿Cuándo?”, y en las notas de la partitura aclaraba a los intérpretes que el acento debía estar puesto siempre en la cuarta palabra. En El tribuno, una pieza musical radiofónica “para orador político y altavoces”, de 1978, el cantante entona estentóreamente: “¡Somos una nación de fronteras abiertas! ¡Sin fronteras no hay nación! ¡He creado la policía para preservar la dicha! ¡Quién no se siente libre entre nosotros! ¡La policía son ustedes!”.
Decía que hacía esas cosas porque el arte de lo acústico debe ser tan sutil que permita oír el estornudo de las moscas. Decía que, con la electrónica temprana de los años ’50, se creyó que los sonidos sinusoidales y las máquinas habían abierto las puertas de un universo sonoro ilimitado, pero con el tiempo resultó que esos sonidos electrónicos se desgastaban mucho más rápido que el anticuado tañido de una flauta. Decía a sus colegas hiperintelectuales que no había que tenerle miedo a la armonía tradicional. Decía que componer no sirve para nada si los compositores no tienen la fuerza de ser absolutamente francos en sus composiciones. Decía que la música iba hacia el teatro, pero que la manifestación perfecta de su idea de la música eran los ensayos generales con piano (es decir, sin orquesta y con los intérpretes vestidos de civil: lo teatral de lo cotidiano y lo cotidiano de lo teatral hechos música). Decía que la enfermedad de la sociedad es la sociedad misma, que trata de curarse por medios que enferman. Decía que había que aprender a vivir acústicamente.
En su libro Palimpsestos se pregunta por qué escriben libros los compositores. ¿La música no les es suficiente? Y se contesta: “Jamás he pretendido ser escritor. Todo lo que he intentado formular en palabras habría sido imposible hacerlo por medio de notas. La música es un vaso comunicante tan políglota como ambiguo. Como decía Valéry, la palabra tiene la última palabra”. La mayor parte de lo que Kagel escribió lo hizo en alemán. El decía que expresarse en una lengua extranjera que no dominaba del todo le evitaba la tentación de la floritura intelectual: lo obligaba sin remedio a la síntesis, a la precisión. Dicen que hasta el fin de sus días habló alemán como un inmigrante y que su argentino hablado ya tenía rotundos ecos teutones. Se pasó la vida teniendo que contestar si era alemán o argentino. Terminó diciendo que era judío. Personalmente creo que debería haber dicho: judío de Buenos Aires, de las librerías y bares y cines de la calle Corrientes de los años ’50, que es lo que fue toda su vida. Sesenta años después de su nacimiento, en una cantata que él prefirió definir como “noticias truncas para barítono e instrumentos” y que tituló El 24 de diciembre de 1931, se dio el gusto de averiguar finalmente qué había pasado el día en que nació. El último de los hechos ocurridos durante aquella jornada fue la noticia de que todas las campanas de las iglesias de Norteamérica habían sido sincronizadas con las de Jerusalén para anunciar juntas la Navidad. Kagel agrega en las notas de la partitura que la obra debe culminar al son de las campanadas desenfrenadas que se expanden de una punta a la otra del norte del continente, mientras en Buenos Aires son las cinco de la mañana y las campanas locales se estremecen imperceptiblemente y un anónimo bebé nacido en la víspera cree oír por primera vez en su vida el sonido que hace una mosca cuando estornuda.

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