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Felipe Camiroaga ¿futura “animita” chilena?

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11/09/2011

El pueblo es muy creativo. En Chile tenemos la tradición de las “animitas”. Con el diminutivo se significa que en determinado lugar, donde pereció alguien, aún vive su “ánima”, su alma, su espíritu.

La tradición judía prohibe a los deudos acercarse a cierta distancia a féretro del muerto que será sepultado “por temor a pisar su alma que está encima de el, cubriéndolo”.

Las “animitas” están a orillas de los caminos en todo Chile. Algunas secas y abandonadas con unas pocas flores de papel en el desierto; otras adornadas, bien arregladas y con muchas velas a veces encendidas. Algunas son centros de peregrinación, bien instaladas y grandes.

Es que las “animitas” son milagrosas. Cumplen deseos, ya que tienen un privilegio: están en comunicación con el divino, con Dios.

Las hay muy famosas como la Difunta Correa en Argentina.

Deolinda Correa o Dalinda Antonia Correa salió de su casa en la aldea de Tama provincia de La Rioja, en busca de su marido, Clemente Bustos que había sido reclutado a la fuerza por una montonera que luchaba en la guerra civil entre unitarios y federales en la Argentina en el año 1841.

La mujer salió en busca de su marido con su bebé lactante, con un poco de agua, charqui y un poco de pan y tomó el camino al norte siguiendo el camino de la montonera.

En el camino, agotada, se refugió debajo de un algarrobo y amantó a su hijo. El agua y las provisiones se le habían terminado y al final de sus fuerzas, sedienta y hambrienta, falleció en el lugar.

Cuando los arrieros riojanos Tomás Nicolás Romero, Rosauro Ávila y Jesús Nicolás Orihuela, pasaron por el lugar al día siguiente y encontraron el cadáver de Deolinda, su hijito seguía vivo, amamantándose de sus pechos, milagrosamente vivos.

La leyenda dice que la enterraron en el mismo lugar denominado Vallecito. Hoy existe un santuario allí y la Difunta Correa es una santa popular no reconocida por la Iglesia Católica. Es como una diosa del desierto que cumple favores a los peregrinos o a quienes le levantan una animita en algún lugar. La Difunta exige que le dejen agua en su “animita”. Por eso en Argentina y Chile se pueden ver pequeñas construcciones, miniaturas de capillas, rodeadas de botellas con agua. En la entrada del Cajón del Maipo en Santiago hay una que debe ser despejada cada cierto tiempo de la cantidad creciente de botellas con agua que pasan a dejarle los creyentes en sus facultades milagrosas.

“La Difunta Correa es cobradora”, me dijo un taxista en Santiago. “Si Ud. no le cumple con la manda lo castiga. Yo conocí a uno que estaba mal con su camión y que le hizo una manda a la Difunta Correa y no se tardó mucho y ya tenía varios camiones. Le había prometido que cada vez que pasara por una animita de ella le dejaría una botella de agua. Con el tiempo se puso arrogante y empezó a olvidar dejarle agua a la Difunta y en poco tiempo perdió los camiones y se arruinó. Es cobradora la Difunta Correa”, me aseguró el taxista.

Estos dioses paganos no son reconocidos por la Iglesia Católica Apostólica Romana. Tienen una sospecha de origen. No se sabe si realmente existieron (que no es el caso de la Difunta Correa, que es histórica y documentada) y tampoco se pueden comprobar los milagros y finalmente no son sacerdotes o monjas con voto eclesiástico.

Sin embargo el pueblo los mantiene. En Argentina en el santuario principal de la Difunta Correa los peregrinos le llevan objetos simbólicos. Los soldados por ejemplo dejan sus gorras en homenaje por haber cumplido algún favor. Otros pegan placas con agradecimientos o dejan vehículos chocados, bicicletas; bastones; muletas...

Naturalmente que como se trata de personas, al lado de la devoción vive un comercio muy activo. Reliquias, figuras y fotos de la “animita” cambian de manos por unas pocas monedas. No fue de otra manera en los santuarios de la iglesia en Europa en la Edad Media y aún hoy. De hecho el comercio con reliquias (clavos de la cruz de Jesús; astillas de la misma cruz; huesos de los apóstoles; pelos de los mártires) fue un negociado tan grande que Martin Lutero lo condenó junto con la venta de “indulgencias”. La tradición es antigua y está presente con estilos y formas distuntas en todas las culturas y civilizaciones.

Finalmente. ¿Se transformará Felipe Camiroaga en una animita que hace favores a la gente?

¿Donde estará su “animita”?. ¿En su casa de Chicureo?. En la Isla Robinson Crusoe es difícil. Queda muy lejos, pero no imposible. Bien podría ser que se hicieran peregrinaciones a la isla para rogarle a la “animita” de Camiroaga, lo que sería una excelente ocasión de fiesta, comercio y alegría.

Los designios populares son difíciles de adivinar. Lo que si parece ser cierto es que Camiroaga ya es una “animita” y que por lo menos en algunas casas y en alguna pared o mueble ya hay fotos del animador de televisión a la que alguien le prenderá una vela y le pedirá algún favor que es posible que se cumpla.

Tendremos que evaluar si la “animita” de Camiroaga es cumplidora y si es cobradora. El futuro lo dirá, pero que el actor es mas que probable que se transforme en una “animita” milagrosa, lo es.

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