Domingo, 19 Noviembre 2017

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Las verdades a medias y sus consecuencias

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Alberto Pedregoso

„Os hablo en parábolas para que no entendiendo, entendais“.

Se supone que la cita es del Evangelio, pero no se de que parte. En todo caso es muy posible que la frase la haya dicho Joshua o Jesús de Nazareth, el profeta judío que es el Dios de los Católicos y cristianos en general.

Aquí va mi parábola:

Una noche aburrida en la redacción del diario. Estaba de turno, es decir tenía que revisar las pruebas de la edición del día siguiente para que no pasaran desastres como confundir la forto de una yegua que había ganando el Derby en el hipódromo con la de una novia de la sociedad que se había casado en la iglesia con gran pompa.

A eso de las doce (en esa época los diarios estaban en imprenta a las dos y tres de la mañana), el telefonista me llama y me dice: Don Enrique hay un incendio en el „volteadero“ de calle Licoyán“.

Yo lo conocía. Era un hotel bastante decente y barato para tener encuentros placenteros con amigas que estuvieran de acuerdo.

La nota merecía un cambio en la primera página del diario, así es que llamé al fotógrafo de turno y a la practicante de la Escuela de Periodismo y partimos a reportear.

Cuando llegamos los bomberos luchaban denodadamente para dominar el fuego que ya aparecía por el techo del hotel. La entrada del mismo, un zaguán ancho que permitía que entrasen los autos para que nadie viera a los clientes, estaba llena de humo. Mientras yo conversaba con el Jefe de los Bomberos vi casi de reojo que la practicante caminaba hacia el zaguán.

Era una muchacha muy bella que tenía una figura muy seductora y se destacaba por una melena rojiza heredada de sus abuelos belgas. Seguí conversando con el bombero y por casualidad miré hacia el zaguán, la muchacha había entrado y entre el humo la vi que se tambaleaba y comenzaba a caer. Corrí y con un pañuelo en la boca y la nariz y la saqué casi arrastrando. La senté en un banco cercano y logré que se mantuviera despierta hasta que llegó un sanitario con un vaso de agua y una pastilla que la ayudó a recuperarse. Valiente la chica, quería reportear "in situ" el incendio...

Volvimos al diario y puse una nota del incendio con una excelente foto del mismo en la primera página, con lo que cumplimos con nuestro deber informativo y quedamos todos muy satisfechos.

A casa llegué como a las 3 y media de la madrugada a caer como un tronco en el lecho para despertarme tipo diez de la mañana.

Mi mujer estaba sentada en el comedor con la cafetera al frente y mis tostadas, pero con una cara del largo de la panamericana y un gesto adusto y ausente. Me puse en guardia y pensé que me tardaría una media hora en lograr que dijera algo o explicara la razón de su enojo. Inocente yo.

Esta vez no se hizo de rogar, simplemente me espetó: “¿Que estabas haciendo en el hotel de la calle Lincoyán con la practicante a la 1 de la madrugada?”. “Hubo un incendio y fui a cubrirlo”, respondí. “¿Y cubriste el incendio saliendo abrazado con la practicante del hotel?” me dijo mirándome con sus ojos de gato furiosos.

Le habían contado la verdad a medias. Le dijeron que “vi a tu marido salir del hotel de calle Lincoyán abrazado con la practicante de turno”, lo que corresponde a la verdad. Efectivamente salí por el zaguán del hotel con la practicante abrazada. No le dijeron lo demás: que había un incendio, que yo rescaté a la practicante de que perdiera el conocimiento por intoxicación con el humo y suma y sigue.

¿Se imagina las potencialidades que tienen las verdades a medias?

Son fantásticas.

Por ejemplo: la cantidad de pobres disminuyó 2 puntos porcentuales.

Que rebajaron la suma que es la medida para declarar pobre a alguien, no lo dicen.

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