Miercoles, 18 Octubre 2017

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Literatura

El lento suicidio de Occidente

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Jorge Majfud

Occidente aparece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes.  Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende ahora, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material.  La mayor esperanza y el mayor peligro para Occidente están en su propio corazón.   Quienes no tenemos "Rabia" ni "Orgullo" por ninguna raza ni por ninguna cultura sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.

Facundo Cabral, un incansable nómade por la paz con final trágico

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BUENOS AIRES.- El cantautor argentino Facundo Cabral (Buenos Aires, 1937) fue asesinado hoy en un confuso atentado en Guatemala, pero, como afirman sus amigos, su vida "seguirá presente en todos para siempre".

“Si se calla el cantor, calla la vida...” Asesinan en Guatemala al cantante argentino Facundo Cabral

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“Si se calla el cantor

www.cubabedate.cu .- El cantautor argentino Facundo Cabral fue asesinado hoy sábado 9 de julio por un grupo de sicarios en la capital guatemalteca, cuando se dirigía con su representante al aeropuerto internacional La Aurora desde el hotel donde se hospedaba.

"El obstáculo" Novela. Capitulo VI

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Por Àlvaro Rojas

Capitulo VI

Las oficinas de GENOTECNIK eran imponentes. Un edificio de vidrio que en forma de la aguzada quilla de un barco vikingo elevaba su proa en la limpia atmósfera de Stuttgart, reflejando el cielo azul. Daniel se anunció en la portería y una jovencita muy amable lo guió a la oficina del Gerente.

“¿Supongo que Ud. no me tiene en su lista de sospechosos?, dijo el Gerente mientras extendía una mano cuadrada, firme y grande,

“De ninguna manera –contestó- el último que tendría un motivo para asesinar al Profesor Schmidbauer sería Ud.”, dijo.

“Cuanta razón tiene. Schmidbauer era nuestra esperanza de salir del atolladero en que nos encontramos por causa del aumento de los precios de la carne de vacuno. La fabricación genética de piensos para animales, directa y sin modificar genéticamente los vegetales, es la salida eficaz y correcta para este problema. Nosotros estamos intentando poner pie y buscar contactos en Brasil y Argentina para lograr traer carne de animales sanos, como una forma de lograr aumentar el consumo de carne y como una solución transitoria. El mercado agrícola europeo es muy complicado, pero las negociaciones no avanzan muy satisfactoriamente...hasta ahora”, explicó. “Con los piensos genéticos podríamos ofrecer a los agricultores un alimento de alto valor proteínico, incluso mejor que el natural, a precios que son una fracción de los que deben pagar ahora por los suplementos alimenticios para los animales de crianza”.

“O sea que podremos comer filete de vacuno argentino...”

“En eso estamos. La Unión Europea ya suscribió un tratado con Argentina, Chile y Brasil para permitirles exportar cortes finos de carne de vacuno y Ud. la puede comprar en los supermercados, pero se trata de un “gesto” de buena voluntad. Tenemos negociaciones para comprar algunas estancias en Argentina y en Brasil donde criaremos ganado de raza para abastecer el mercado alemán y europeo. Hasta ahora no hemos encontrado nada que satisfaga nuestras aspiraciones, pero no hemos perdido el impulso. Estas actividades en el extranjero son paralelas a la búsqueda en que estaba implicado el profesor Schmidbauer.

¿Pero –dijo, mirando a Daniel- en que puedo ayudarle a capturar al asesino de Gerd?

“Bueno. Quisiera tener una visión de las relaciones que tenía GENOTECNIK con Schmidbauer. Concretamente quisiera saber si Ud. sabe de posibles celos profesionales, de alguien que se sintiera perjudicado por el profesor. Ud. sabe: envidia profesional que a veces es muy apasionada y mas de una vez ha conducido a matar...es una mera hipótesis de trabajo”, agregó.

“No, categoricamente no. No conozco a nadie que haya envidiado al Profesor o que desease competir con el, por la sencilla razón de que el era una eminencia que estaba muy por encima de todos sus colaboradores. Ninguno podía “competir” con él y además siempre tuve la impresión de que lo admiraban mucho y sólo querían aprender con él.

“Nosotros aportamos casi la mitad del presupuesto del equipo que dirigía Schmidbauer en la Universidad. Hace un tiempo quisimos traer a todo el equipo a nuestra firma y financiar directamente toda la investigación, pero el Consejo de la Universidad nos desaconsejó de la medida y Gerd no quiso aceptar. Es posible que mas de alguno se haya irritado por la negativa ya que los sueldos de la Universidad, comparados con los que pagamos nosotros a nuestros científicos son realmente miserables. Pero no creo que alguien haya querido matar a Gerd por ello. Le sugiero que hable con el sucesor de Gerd en el equipo. Es un médico joven del que esperamos que sea capaz de reemplazarlo y que nos lleve a buen puerto en este asunto. Lo llamaré y le dire que Ud. concertará una cita con él.”

Definitivamente el hilo de GENOTECNIK no pareció llevarlo a ninguna parte. La investigación seguía un camino oscuro que terminaba siempre en un callejón sin salida.

Daniel se sentó en el parque que se extiende por el centro de Stuttgart a la sombra de un frondoso roble. Encendió un puro y decidió fumarlo hasta la mitad mientras reflexionaba. Realmente no había nada que sirviera como motivo para el asesinato de Schmidbauer y del intento de matar a Alina, la pupila argentina de los Schmidbauer. Nada, niente, nicht, se dijo en voz alta Daniel. La policía, Rita y el seguían dando tumbos en la mas completa oscuridad en el caso.

Las hormigas

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Leonardo Moledo de  Página12 de Buenos Aires

Las hormigas

Se acodó en la mesa de La Orquídea, la que está justo al lado de la columna con espejos.

–Eran dos. Fueron las primeras que vi.

Todos lo miramos, expectantes.

–Caminaban tranquilamente sobre mi escritorio. Nunca había visto nada así. De vez en cuando frotaban sus antenas como si estuvieran planificando un paseo.

Hizo una pausa.

–Después, fueron muchas más. Las encontré en la cocina y, más tarde, en todas las habitaciones. Me puse a revisar todos los agujeros de la mampostería, de los zócalos, las bisagras de las puertas para encontrar la boca del hormiguero y librarme de ellas. Registré cada milímetro cuadrado de pared, cada orifico, cada mueble, sin olvidar las rejillas de los baños, el fondo de los armarios o los objetos que descuidadamente habían quedado por años en el mismo lugar. Hice lo que está bien descripto en “La carta robada”, y con el mismo inútil resultado.

Lo miramos con incredulidad.

–Ustedes se preguntarán por qué quería librarme de ellas.

Nadie dijo nada.

–Me complicaban la vida: bastaba con que me levantara por un momento de la mesa, para que se devoraran mi comida; una noche, cuando estaba por acostarme, al entrar al dormitorio las vi arrastrando el colchón hacia no sé dónde. A veces, cambiaban los muebles de lugar, o revolvían mi ropa, o trababan las canillas de tal modo que era imposible abrirlas. He llegado a pasar una semana sin agua.

–Puede ser que ustedes no me crean, todo esto, pero pensé que para combatirlas necesitaba saber algo sobre ellas: eran las llamadas hormigas argentinas, los científicos las conocen como Linepithema humile; con obreras de dos a tres milímetros de longitud y medio miligramo de peso. Son capaces de colonizar con eficiencia casi cualquier ambiente donde haya un poco de humedad y se han convertido en una plaga internacional; se las encuentra en todas partes, y construyen hormigueros gigantes: verdaderas supercolonias o megacolonias. En Europa existen dos de esas agrupaciones, con miles de millones de individuos. Una tiene su epicentro en Cataluña y la otra bordea las costas de Italia, Francia, España y Portugal y constituye la mayor unidad cooperativa de la naturaleza conocida hasta el momento: se extiende por aproximadamente seis mil kilómetros, lo crean ustedes o no.

–Lo creemos –dijo alguien—, está citando un artículo de la revista Ciencia Hoy.

–Lo estoy citando –dijo el hombre– porque cuando lo leí hice una pequeña cuenta: si cada obrera pesa medio miligramo, dos mil pesan un gramo, dos millones un kilo y el peso de miles de millones se mide en toneladas. Si en mi edificio hubieran construido algo remotamente parecido a una megacolonia, tan solo el peso de semejante masa biótica sería capaz de tirarlo abajo.

Nos quedamos impresionados. Ni siquiera al asiduo lector de Ciencia Hoy se le había ocurrido hacer la cuenta.

–Llamé alarmado a la administración del consorcio: casi al instante (es decir, un mes después) mandaron al servicio de desinsectización de urgencia: vinieron tres hombres, enfundados en trajes de astronauta, y amados de brutales tanques de líquido exterminador. ¿Saben? Estas hormigas son difíciles de erradicar: cada hormiguero tiene miles de reinas, y si se acaba con alguna porción de la realeza, siempre queda un remanente aristocrático que, como los nobles emigrados de la Revolución Francesa, no habían olvidado nada y no aprenden nada. Los dejé trabajar, suponiendo que les llevaría bastante tiempo, y me fui al balcón terraza a leer un libro de biología. Una hora más tarde, cuando entré, no había ni rastro de los exterminadores, es decir, rastros sí había: jirones de traje y pedazos de las lancetas homicidas; presumiblemente, las hormigas habían hecho bien su trabajo: adentro de un armario, encontré el fragmento de un pie, que seguramente habían dejado como aviso, o como trofeo, vaya uno a saber.

–Si no puedes vencerlas, únete a ellas, me dijo el psiquiatra; y le hice caso: empecé a observarlas con cuidado y a conocerlas: a saber qué comidas les gustaban; por ejemplo, despreciaban las legumbres, pero adoraban las galletitas Express: bastaba colocar una sobre la mesa para que enseguida aparecieran, descuartizándola (mi esperanza era que, colocando galletitas hábilmente distribuidas, ellas mismas me llevarían hasta su escondrijo remoto, algo así como Hansel y Gretel). El fracaso fue total.

–Y entonces –suspiró el hombre– me vi ante la inevitabilidad de aceptar una hipótesis absurda: las hormigas salían de la nada. Pero veinticinco siglos de honrar a Parménides de Elea han hecho que arraigara muy profundamente en nosotros su principio nihil ex nihilo: nada proviene de la Nada (si bien mi amigo M**, ducho en los juego de palabras, sostiene que los egipcios aparecieron ex Nilo). Como diría Borges –ya empezábamos a hartarnos de sus referencias eruditas– levantar la restricción de Parménides nos ponía directamente en las manos de la multiplicidad y la proliferación de los objetos, conservarla (unido al hecho puramente empírico y casual de encontrar una arrastrándose por mi pelo) me llevaba a un callejón sin salida. Un día de concentración y lectura de los libros de Dioscórides me permitió resolver el misterio: como diría Borges, el razonamiento fue simple; la conclusión, monstruosa. Puesto que no venían de ningún rincón de mi casa, era obvio que salían del único lugar que no había examinado: mi propio cuerpo. Parafraseando a Kant: “El cielo estrellado por encima de mí, y las hormigas dentro de mí”, al fin y al cabo, yo también soy adicto a las galletitas Express. Pero imaginar que todos mis órganos habían sido colonizados por ellas, y que sin saberlo yo mismo había devorado a tres exterminadores de insectos –mediado por las hormigas, claro está, pero aún un acto de antropofagia que anunciaba quién sabe cuantos horrores más– me llevaron a una conclusión ineludible: tenía que terminar con ellas.

Y acto seguido, sacó un frasco. “Este es un potente hormiguicida”, dijo, y lo bebió: en apenas dos o tres segundos apoyó su cabeza sobre la mesa, ya inconsciente.

Nos quedamos paralizados, atónitos; ninguno de nosotros había presenciado nunca nada semejante; ninguno de nosotros hubiera esperado semejante final para esa fábula absurda.

Pero antes de que atináramos a acercarnos y ayudarlo de alguna manera, de su boca, de los orificios de su nariz, de sus ojos, de sus oídos, las uñas de una mano apoyada sobre la mesa, salieron torrentes de hormigas, rojas, robustas, decididas, miles de ellas, los miles de millones que habían colonizado su cuerpo y que ahora, antes de que fuéramos capaces de reaccionar, penetraron en nuestros ojos, en nuestros oídos, en nuestras bocas y empezaron a colonizarnos, sabiendo que dentro de nosotros encontrarían un refugio definitivo.

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