Martes, 17 Octubre 2017

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Cerró la Feria del Libro de Frankfurt

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La cumbre de la literatura, con la Argentina como estrella

Por Silvina Friera de Página/12 de Buenos Aires

Luz, cámara, acción: libros y escritores argentinos salen a jugar en la principal cancha del mundo. En ese partido en el que se espera una revancha literaria por la goleada alemana en el Mundial, habrá que transpirar la celeste y blanca. Y tal vez soportar –con estoicismo– chicanas y bromas de diverso calibre. El acontecimiento más importante del mundo editorial, la Feria del Libro de Frankfurt, comenzó el martes pasado con Argentina como invitada de honor. Griselda Gambaro fue la voz cantante de la apertura en el borgeano pabellón nacional, donde Miguel Rep realizará un mural en vivo.

También habló la presidenta Cristina Fernández. El equipo se puso en movimiento. Fué una polifónica delegación integrada por más de cincuenta narradores, críticos, poetas y ensayistas: Osvaldo Bayer, Juan Sasturain, Mempo Giardinelli, Alan Pauls, Claudia Piñeiro, Martín Kohan, Vlady Kociancich, Ricardo Forster, Diana Bellessi, Luisa Valenzuela, Guillermo Martínez, Tamara Kamenszain, Fabián Casas, Leopoldo Brizuela, María Moreno, Elvio Gandolfo, Eduardo Sacheri y Ana María Shua, entre otros. El seleccionado nacional llevó una batería de doce exposiciones de artes plásticas –historietas, fotografía, arquitectura, diseño, porcelana y arte contemporáneo–, y una dupla de lujo engalanó el teatro Alte Oper, el Colón de Frankfurt: Daniel Barenboim y Rodolfo Mederos participaron de la Noche de Gala. Cuando llegó el quinto día –el domingo 10– y los alemanes estén intoxicados de tanta argentinidad, Juan Gelman cerró el encuentro, que es la vidriera universal de agentes literarios y editores.

Las chicas del boom

Frankfurt –ciudad enclavada a orillas del río Meno–, año 1976. La invitada de honor de la Feria fue América latina. Luisa Valenzuela estuvo en esa edición inolvidable. “Me consta que allí el escritor es –o era, espero– tan sólo un mal necesario, y eso que entonces estaban autores de la talla de Cortázar, Rulfo, Jorge Amado y tutti quanti”, repasa la autora de La travesía. “En mi recuerdo yo era la única mujer; estábamos dispersos en hoteles lejanos en aquel entonces, y asistir a la feria fuera de los momentos imprescindibles era sentir la aplanadora de los editores de best sellers pasando sobre nuestras cabezas. Pero mi memoria atesora momentos extraordinarios: las largas charlas con Rulfo y otros en el pequeño hotel, Manuel Puig diciendo del grupo masculino ‘Ahí vienen las chicas’ y poniéndoles a cada uno nombre de estrella de cine. Vargas Llosa era Esther Williams, tan aplicado y metódico. Recuerdo las grandes cenas dadas por las grandes editoriales alemanas, sobre toda aquella en la cual Cortázar me invitó a sentarme a su lado diciendo que quería ser mi amigo. Maravillas así que ocurren en estos encuentros, más allá de lo comercial que puede ser la Feria en sí. Como siempre, hay que darles más importancia a los intersticios, a los márgenes, que al centro, que suele ser poco interesante.”

Al sur de la frontera

Otro veterano en pisar el suelo de Frankfurt es Mempo Giardinelli. Conoce –dice– bastante el paño y anticipa el pulso de la participación argentina, que desplegó tributos a Julio Cortázar, Leopoldo Marechal y la vanguardia latinoamericana, debates sobre Borges y el idioma de los argentinos, la literatura fantástica, memorias del pasado reciente y el infaltable “literatura y fútbol”, entre otros temas, en los que participaron Martín Prieto, Pablo De Santis, Carlos Gamerro, Félix Bruzzone, Elsa Drucaroff, Laura Alcoba, Pedro Mairal, Ariel Magnus, Sergio Olguín, María Teresa Andruetto, María Rosa Lojo, Daniel Samoilovich, María Negroni, Jorge Monteleone y Samanta Schweblin. “No me parece que la Feria en sí sea especialmente importante para ninguna literatura. Sí es importantísima como feria de negocios, porque ahí van editores, agentes y traductores de todo el mundo, y eso le puede hacer bien a toda la literatura nacional”, dice el escritor, que en lo personal aclara que no tiene expectativas. “Me conformo con que nuestro país haga un buen papel y nuestra literatura se conozca más y mejor.” La carta magna del comité organizador (Cofra) que preside Magdalena Faillace es el programa Sur de apoyo a las traducciones –un subsidio que aspira a convertirse en política del Estado argentino–, celebrado por escritores, agentes y editores. El resultado de este programa se traduce –valga la redundancia– en números sorprendentes: 299 títulos han sido trasladados a 28 idiomas para 33 países. “Algo único en la historia”, repite Faillace.

Cuando las luces se apagaron, cuando el foco de atención se desplazó hacia Islandia, el próximo invitado de honor de Frankfurt, lo que quedó son los libros. Hay tres textos de Valenzuela, “muy especiales” para ella, que estuvieron en la feria: El mañana, traducido por Helga Lion y Gerard Wallne y publicado por la editorial austríaca Drava-Edition Milo; una antología de sus textos, traducida por los coreanos Cho Hye Jin, Woo Suk Kyun y Park Byong Kyu, publicada por Somyong, y El gato eficaz, publicada por Gobshite Quarterly. “Espero que el programa Sur continúe no sólo por propio interés, porque tengo traducciones al francés y otras en galeras, sino sobre todo porque resulta sumamente importante que nuestro gobierno respalde la producción literaria y artística del país –en tanto embajadas culturales– como lo hacen otros gobiernos”, subraya la escritora. Más allá de conjeturas sobre el desempeño de la delegación argentina, Guillermo Martínez coincide con este logro indiscutible. “Lo más importante de esta Feria es lo que ya se hizo: la traducción de 300 títulos argentinos. Creo que todos debemos cruzar los dedos para que ese programa se convierta en política cultural de Estado, como ocurre por ejemplo en México.” A Giardinelli el programa Sur le parece un acierto. “Que yo sepa es la primera vez que nuestro país decide ayudar en el financiamiento de traducciones de autores nacionales a todas las lenguas del mundo. Es lo que hacen algunos países serios. Ojalá esa política continúe.”

El autor de Crímenes imperceptibles plantea que la literatura argentina no es desconocida para los alemanes. “Son posiblemente el país de Europa que más se preocupó por traducir autores argentinos y en general de Latinoamérica. Creo que no perdieron del todo el hilo después de Borges y Cortázar, como ocurrió en otros países. Supongo que estarán esperando quizá ver algo del nuevo mapa, y de los nombres más recientes”, intuye el escritor. “Otra buena característica del mundo editorial alemán es que son bastante exhaustivos y apuntan a publicar varios libros de cada autor. También es interesante la doble vida que tienen los libros en Alemania con la edición en tapa dura y después en bolsillo. En mi caso mi editorial de tapa dura, Eichborn, publicó ya Acerca de Roderer, Crímenes imperceptibles, La muerte lenta de Luciana B. y ahora, en la Feria, publican una antología de todos mis cuentos.”

Cortazariana de alma. Así se define Valenzuela, pero aclara que no por lo que le pudo decir el escritor en aquella lejana cena de 1976. “Su literatura me toca muy de cerca y la creo absolutamente actual, mal que les pese a quienes la denigran porque se han quedado estancados en Rayuela, novela que tuvo tanto esplendor en su momento que ahora resulta difícil de recuperar. Pero están tantos otros libros, como esa novela excelsa que es 62, modelo para armar. O la tan temprana El examen, para no mencionar los cuentos, que nunca pierden su fama”, enumera la escritora. “Lo que a mí me atrae a fondo en la escritura de Cortázar es su necesidad de forzar el límite del lenguaje para descubrir qué se transparenta del otro lado, qué se está diciendo cuando no se dice o se dice otra cosa, también la búsqueda de esas bisagras que nos abren a la percepción de otros mundos que están aquí nomás, vibrando a nuestro lado, invisibles, y que nos resistimos a enfrentar. Me interesa su valentía y su honestidad, en la literatura y en la política, una y la misma cosa para Cortázar cuando no derrapaba en manifiestos demasiado obvios o en la elementalidad del Libro de Manuel. Me fascina su sentido del humor, su siempre vigente irreverencia, su patafísica forma de señalar el mundo complementario de éste y el valor de las excepciones a las reglas impuestas.”

La cenicienta del mercado

El margen, los intersticios, también laten en el corazón de un mercado –hay que decirlo– ciego y sordo a la madre de todos los géneros. “La poesía en Frankfurt sólo tiene que leerse, encontrar algún escucha y algún poeta alemán que no conocemos. Lo mismo que aquí, en Argentina. No va a forzar nada; que me haya escrito una chica alemana, Silke Kleemann, pidiéndome permiso para traducir algunos poemas, ya es un éxito para mí”, confiesa Diana Bellessi. “No pienso en esas ‘oportunidades para la poesía en una feria de negocios’, como no lo pienso en la Feria de Buenos Aires, ni en ninguna parte. Aunque es una vergüenza para las editoriales europeas y para los agentes literarios considerar al género como un adorno, como si no existiera, y que no haya ingresado, casi para nada, en el programa Sur de traducciones.” En cuanto al Cofra, Bellessi destaca que sí han tenido presente a la poesía por los poetas invitados. “Con Gambaro en la apertura, una de las más extraordinarias escritoras que tenemos, bastante afuera del negocio editorial, y con Gelman en el cierre, creo que se ha tenido una actitud inteligente, privilegiando la calidad por sobre el dinero de la industria.”

Se machaca hasta el cansancio que el ámbito de la Franfurter Buchmesse –un área equivalente a catorce campos de fútbol, repartidos en edificios high tech que suman 184 mil metros cuadrados, con 7373 expositores de cien países– es el espacio por antonomasia de los negocios. La dimensión de ese universo destinada al país no es una vitrina menor. El pabellón argentino diseñado por el arquitecto Atilio Pentimali ocupó 2500 metros cuadrados; el stand de las editoriales, unos 450 metros cuadrados. Otra poeta de la delegación, Tamara Kamenszain, viajó por primera vez por “partida doble”: acaba de publicarse, en Alemania, una Antología poética de toda su obra, traducida por Petra Strien, por el sello suizo Teamart. “La poesía no deja de ser un negocio, o por lo menos habría que pensarla también así para no mistificarla tanto. Porque esa mistificación la deja encerrada en el museo y la obliga a cargar con el sambenito de que ‘la poesía no vende’”, reflexiona. “Yo creo que a largo plazo vende más que la narrativa, lo que pasa es que el largo plazo para el mundo editorial de hoy no tiene ningún valor.” Kamenszain espera que la poesía “tenga mucho para hacer y decir en Frankfurt, sobre todo en el ámbito de la traducción, cuyo ejercicio es de por sí un arte poética”. “Sólo en la poesía se ven claramente las habilidades de un traductor y diría incluso que, aunque se diga lo contrario –que la poesía no es traducible–, paradójicamente sólo la poesía logra traspasar las vallas de todas las lenguas y transmitir lo intransmisible.”

La curiosidad previa al intercambio de figuritas entre poetas argentinos y alemanes incita a preguntar si hay puntos de contacto, ciertas zonas, autores o tópicos que interactúen en las dos orillas. “Paradójicamente la globalización provocó más aislamiento cultural que antes”, responde Kamenszain. “Ya no conocemos nada más que lo que nos venden las editoriales multinacionales, que es como decir que no conocemos nada. La vía regia de acceso ahora es Internet y los jóvenes la explotan con gran sabiduría. Leí a algunos poetas jóvenes alemanes por ese medio. Ron Winkler, a quien tradujo Cecilia Pavón, me pareció superinteresante. Encontré similitudes con lo que escriben las nuevas generaciones de poetas argentinos. Ciertas preocupaciones minimalistas que les dan a los poemas un contacto casi físico con lo cotidiano.” La autora de Solos y solas –que se publicará en Londres, traducido por Cecilia Rossi, nada menos que la traductora de Alejandra Pizarnik– confiesa que está “más que contenta”. “Voy con la idea de constatar que el negocito de la poesía, aunque les interese poco y nada a los agentes literarios, sigue vivito y coleando. No nos olvidemos de que gran parte de la responsabilidad para que ese negocito prospere la tienen los países. La Argentina nunca se caracterizó por darles un lugar a sus poetas, como sí ocurrió en Chile, México o Brasil, por hablar sólo de Latinoamérica. Los poetas argentinos siempre vivieron y murieron como marginales, como personajes de culto. Algunos de los grandes ni siquiera casi vieron sus libros publicados en vida. Por eso tenemos el deber de promoverlos hasta el hartazgo. Yo misma no me harto de hablar, por ejemplo, de Viel Temperley, pero ¿quién lo conoce?”

Valenzuela no puede con su genio. Siempre retuerce ideas y lenguaje hasta provocar la carcajada. “La energía, creatividad y entusiasmo con que viene siendo celebrado nuestro Bicentenario nos da motivo para pensar en un verdadero festejo en Frankfurt”, dice. “Es cierto que toda reunión de escritores y artistas corre el riesgo de convertirse en una bolsa de gatos, pero ¡qué bolsa más vital e interesante!”

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