Lunes, 18 Diciembre 2017

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Vargas Llosa, un Jano peruano

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Gabriel Sirocco

Si uno fuera mala leche podría iniciar un artículo sobre Mario Vargas Llosa y el Premio Nobel de Literatura, con la frase „a falta de pan, buenas son las tortas“. Pero uno no es mala leche, al contrario, admira al gran cronista del alma latinoamericana, al crítico implacable de „Conversaciones en la catedral“; al heredero directo del espíritu satírico griego en „Pantaleón y las visitadoras“, libro que puede servir para ironizar acerca de los prusianos, así como los militares de todo el continente americano.

Vargas Llosa es un grande de la literatura de américa de habla castellana.

Merecido se tiene el premio y no desde ahora sino que desde „La casa verde“ o la „Fiesta del chivo“ esa alegoría magnífica de un magnicidio.

Pero Vargas Llosa es como Jano, el dios romano de dos caras. Al igual que Prometeo, Jano es una suerte de héroe cultural, ya que se le atribuye entre otras cosas la invención del dinero, las leyes y la agricultura, según los romanos este dios aseguraba buenos finales.

Una cara de nuestro Jano peruano es la cara profética, visionaria, crítica, y analítica en su obra. La otra es su incomprensible y contradictoria posición política contingente.

Jorge Edwards en un artículo en El Mercurio intenta astutamente unir las dos caras del nuevo Nobel latinoamericano, alegando que su literatura es una especie de “política” de alta alcurnia y coincidente con las posiciones políticas de Vargas Llosa. El intento es ingenuo y seguramente será olvidado. La radio alemana, por ejemplo tituló una extensa entrevista con el escritor como “Dos cabezas”, refiriéndose claramente a la condición ambivalente de Vargas Llosa.

La contradicción entre su obra y su discurso politiquero en El País es muy grande, tanto lo es que los críticos lo soslayan. Los amanuenses se suman al aprovechamiento para sus molinos neoliberales de los textos de Vargas Llosa, otros un poco mas pudorosos, ignoran su veta política vergonzante.

Con la radicalidad propia de un „converso“, Vargas Llosa puso su pluma al servicio de la peor causa a fines de los 60. Escribe en el diario „progresista“ de Madrid El País columnas y ensayos que a veces son hasta infantiles por lo rabiosamente neo liberales. Defiende la teología mercantilista con toda la potencia de su pluma y quien lo lea se enfrentará con una cara de Vargas Llosa que está diametralmente opuesta a la de su obra, incluida su obra reciente.

En „El paraíso en la otra esquina“, Vargas Llosa escribe una biografía a cuatro manos. Es decir la de su abuela y la de Gaugin el pintor pre impresionista francés.

Lo conocí a Mario Vargas Llosa en Berlín en un fantasmagórico congreso de los dueños de periódicos de Europa y Estados Unidos en el que a los participantes nos esperaban regalos caros en nuestras piezas de lujo en un hotel internacional en el centro de la que es hoy la capital de Alemania unificada.

Allí habló Vargas Llosa un discurso penible por la elocuencia del escritor puesta al servicio de alabar a la “libertad de prensa” que no es otra cosa que la libertad de los empresarios para fundar diarios, la misma que los humildes no tienen.

Lo vi por segunda vez subiendo una escalera mecánica en la Feria del Libro de Frankfurt hace unos años.

Siempre fue un personaje incomprensible por esa doble faz que lo caracteriza. Por un lado el magnífico escritor y por el otro el reaccionario, derechista que se equilibra en el límite con el fascismo en su radicalidad capitalista neoliberal y que es el mismo que fue el defensor mas radical de la Revolución cubana; el que apoyaba todas las causas del humanismo laico.

La leyenda creada en los medios que dice que Vargas Llosa abandonó el Perú enojado porque no lo eligieron presidente cuando se candidateo, es tan falsa como un billete de dos mil quinientos pesos.

Abandonó Perú, no enojado con sus compatriotas que no supieron reconocer sus capacidades para gobernarlos, sino que por causa de que sus amores estaban en otra parte.

En todo caso el Premio Nobel lo tenía merecido hace mucho tiempo. Al igual que Jano el dios romano, lo admiramos en su faz literaria y lo miramos con asombro y a veces irritados por su majadería derechista y reaccionaria.

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