Sabado, 18 Noviembre 2017

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La Feria del Libro de Frankfurt cerró sus puertas

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Los ojos de la Feria se cerraron –parafraseando la letra de un tango– y el mundo sigue andando con el deseo bajo el brazo. Quedan los libros argentinos traducidos por el programa Sur –300 títulos–, que “permanecerán para la eternidad”. Ahora vendrán caras extrañas –o no tanto, si se piensa desde la periferia– con la Islandia “de la memoria cóncava” invitada de honor de la próxima edición. En la emotiva ceremonia de clausura, Gudbergur Bergsson derrochó simpatía, sorprendió al hablar en español, leyó un texto, “El hombre de la Patagonia”, y explicó su relación con la Argentina, el país que fue el centro de atención durante cinco intensos días y que se despidió con una goleada olímpica de elogios. “Hay un pájaro que viene de la Argentina y pasa todo el verano en Islandia”, comentó el escritor y traductor de Borges al islandés en representación de una isla donde viven poco más de 300 mil personas y hay –según se informó– unas 40 editoriales. Juan Gelman recordó a los poetas y escritores argentinos que “cayeron abatidos durante la dictadura o murieron en las mesas de tortura”, Francisco “Paco” Urondo y Miguel Angel Bustos, Rodolfo Walsh y Haroldo Conti. “El es del Norte y yo del Sur, pero no hay norte y sur para la escritura; sus puntos cardinales son otros”, subrayó el poeta. “La literatura islandesa nació hace mucho, desde el momento en que se pobló la isla, con lo que nuestra ignorancia es abismal.”

En el Auditorium del pabellón argentino no cabía un alfiler. Muchos editores, agentes, escritores y curiosos siguieron la ceremonia de pie. El mural de Rep (ver aparte) fue el telón de fondo ideal para cerrar la cita más importante del mundo editorial. Y para celebrar el éxito unánime que generó la participación de la delegación argentina con más de 60 escritores, como Luisa Valenzuela, Sergio Olguín, Ana María Shua, Félix Bruzzone, Fabián Casas, Guillermo Martínez, Osvaldo Bayer, Leopoldo Brizuela y Carlos Gamerro, entre otros. El acto arrancó con la proyección de un cortometraje dedicado al culto que Borges rindió a ese país nórdico que tanto amó. “Islandia –dijo el escritor en el film– guardó la memoria de Germania.” Una voz en off recitó el poema “Snorri Sturluson”, uno de los muchos textos de Borges –amante de las literaturas germánicas y escandinavas– dedicados al país invitado de honor 2011. Después de leer cinco poemas (que en las versiones alemanas sonaban con una belleza excepcional, de esas que golpean el alma), Gelman apeló a su afilada ironía a la hora de responder si su poesía nacía del dolor de la pérdida. La interpretación en alemán (y también en inglés) tal vez tropezó con el inconveniente de cómo traducir el matiz de ese estilo sin que resultara, para oídos poco habituados, un tanto desconcertante. “No creo que el dolor y la felicidad sean el motor de la escritura –desestimó el poeta–. La poesía en mi caso nace de obsesiones que necesito expresar.” El remate, como en el tango, resultó inapelable: “Nadie se propone nada con la escritura. Lo que sale, sale; el resto es silencio”.

El resto, sin embargo, no fue silencio. Bergsson tomó la posta. “La imagen de los elfos en Islandia es una utopía del orden democrático; no son sólo estereotipos”, advirtió. El escritor y traductor islandés preguntó si estaba entre la delegación la “poetisa” María Negroni, invitada por el Cofra. La escritora ya había regresado a Nueva York, donde reside, precisó Magdalena Faillace, la presidenta del comité organizador (Cofra), quien le prometió ponerlo nuevamente en contacto con la autora de Islandia. El primer interrogante que suscitó la presencia del escritor islandés fue cómo sobrevive con la literatura en ese país. “No se vive muy bien como escritor –confirmó Bergsson, autor de El cisne, novela publicada en español por Tusquets–. Me he dedicado a traducir del castellano y portugués hasta hoy en día, también del inglés y del alemán, y escribo mucho para la prensa; con dos artículos se gana más que con una novela.” El escritor y traductor que reconoció haber aprendido mucho de la literatura sudamericana y portuguesa comparó el oficio del escritor con el del pintor. “Siempre hay una distancia entre el pintor y el lienzo. El pintor se mete dentro del lienzo, pero está afuera y nunca sabe exactamente lo que está pintando”, comparó.

Al ingenioso conductor de la ceremonia, el crítico literario Michael Schmidt, se le ocurrió un saludo, que rápidamente fue adoptado como emblema: “Que la paz sea con todos aquellos que van y vienen de Frankfurt”. Juergen Boos admitió que podía ser “el lema perfecto” de la feria. “La presencia argentina fue muy conmovedora –continuó Boos–; escuchamos muchas historias: ustedes fueron el centro de atención.” El director de la Feria agregó que le pareció “maravilloso” que “Argentina haya traído la paz; que haya puesto la literatura en el foco de atención. Voy a añorar a la Argentina –confesó–. Amigos de Islandia, ustedes traerán la paz a Frankfurt”. Faillace repasó la cantidad de deseos que lanzó al infinito, que puso en acto y que pudo concretar –como los 300 títulos, “hojitas que han volado en 33 países”– para “mostrar nuestro mejor yo dentro de nuestros claroscuros”, afirmó parafraseando al poeta Pedro Salinas. “Como muchos, queremos a esta Alemania que también nos cuesta abandonar”, reconoció la presidenta del Cofra. “Si no seguimos deseando, estamos muertos”, concluyó. Sigtryggur Magnason, presidente del consejo de vigilancia del comité islandés, recogió el guante. “La literatura no se trata sólo de entretenimiento y negocios; la literatura es parte de la democracia, de la humanidad”, subrayó. “No habrá ningún tipo de elfo –bromeó—, pero será una fiesta maravillosa”, anticipó Magnason.

“Gran éxito”, “la feria más literaria”, se repetía a cada paso, por pabellones y stands –algunos vacíos, saqueados por ladrones compulsivos de libros—, reproduciendo el discurso “oficial” de los alemanes. Si la frase la dijera un argentino, resultaría odiosa, presumida, pero en mesurados y disciplinados labios germanos, que conocen el paño de la vidriera irrespetuosa de Frankfurt, suena a síntesis directa –al grano– de las sensaciones que dejaron el pelotón de escritores y actividades que llevó la Argentina. En la reunión de balance, previa al acto de clausura, Faillace, Boos, el presidente de la Cámara Argentina del Libro (CAL), Carlos de Santo, y Claudia Piñeiro, reflexionaron sobre los logros del encuentro, coordinados por Frank Wollstein. “La repercusión en los diarios ha sido increíble; este año se han publicado más artículos que nunca de un país invitado de honor –ponderó Wollstein–, con más de 5000 notas y 2500 comentarios online, entrevistas radiales y en las cadenas de televisión.” Boos, que no se caracteriza por soltar elogios fácilmente, aseguró que la presentación argentina fue un “éxito”. Como consignó el director de la Feria, el arranque del despliegue argentino coincidió con el anuncio del Premio Nobel de Literatura al escritor peruano Mario Vargas Llosa. Pronto –apuntó Boos– los alemanes percibieron a Buenos Aires “como un centro importante de editoriales”. El director, además, se atrevió a trazar una línea hacia el porvenir. “Creo que todo esto se continuará a través de escritores jóvenes”, pronosticó. “Las heridas se cierran cuando la memoria pone en acto la justicia –destacó Faillace–. Rescatar la verdad lleva a la justicia, algo que ocurre hoy en la Argentina, algo que trasciende y, a la vez, está en nuestra literatura.”

Como presidente de una de las cámaras del libro, la CAL, De Santo se detuvo en los puntos favorables de la experiencia de haber estado en la mira de los alemanes. “Todos sabemos que el idioma español exporta mal sus contenidos, y esta oportunidad de participar aquí ayudó a este éxito tanto con los 300 libros subsidiados como con otros traducidos sin subsidio.” El presidente de la CAL puso el énfasis en cuestiones axiales para el sector cuando mencionó que viajaron un centenar de editoriales y más de 200 profesionales con dos objetivos: “Mostrar autores y editoriales a través del Programa Sur, y hacer visible la capacidad de las editoriales argentinas de traducir en lenguas extranjeras; un objetivo en el que estamos trabajando”.

¿Cómo es estar en una feria de negocios donde el rol del escritor es casi fantasmal, desdibujado en la trastienda de un toma y daca del que se queda literalmente afuera? Piñeiro, una de las escritoras de la delegación que ha sido la revelación de la 62ª edición, junto con Martín Kohan y Ariel Magnus, se tomó el asunto de andar de mesa en mesa, de charla en charla, de entrevista en entrevista, de lectura en lectura, con mucho humor. “Nuestros egos han sobrevivido estos días que pasamos juntos. Todos tuvimos una gran atención de la prensa, con muchas entrevistas –explicó–; reuniones de editores que se interesan cada vez más en las obras argentinas, aparte de constatar en las lecturas organizadas la importancia que tienen para el público alemán. Y además nos pagan, algo que no ocurre en nuestro país”. La autora de Las viudas de los jueves se enteró del Nobel de Literatura, concedido a Vargas Llosa, en el stand de Alfaguara. “Es un Nobel a la lengua castellana, una lengua no del poder sino del pueblo”, destacó. Con amarga ironía señaló que “uno espera que la vida sea una película de Hollywood y que el Nobel de la Paz se lo hubieran dado a las Abuelas de Plaza de Mayo, pero es algo para seguir luchando”.

En el plano personal, Piñeiro relató la seguidilla de satisfacciones. “Abrir un ejemplar del Die Zeit y encontrar que su suplemento literario está dedicado a escritores argentinos. Encender la radio y en medio de palabras en alemán que no entiendo escuchar mal pronunciado el nombre de algún colega –recordó–. Encontrar en los afiches de la Feria, que empapelan las estaciones de trenes y metros, nombres de escritores con los que desayunamos esa mañana. Prender la televisión, oír una voz familiar y sorprenderse con que el reporteado es un escritor amigo. Todo eso me pasó en mi estadía en Frankfurt.” La anécdota que más emocionó a Piñeiro fue ver su foto junto a la de Jonathan Franzen, “uno de mis autores favoritos que hace años me hizo descubrir Elvio Gandolfo”.

Martín Kohan, el escritor mimado por la crítica alemana, se agotó por el trajín de charlas y entrevistas. También se agotó la primera edición alemana de Ciencias morales, publicada por Suhrkamp. El escritor tiene otras dos novelas publicadas en Alemania: Segundos afuera y Dos veces junio, que quedó finalista entre las cinco mejores novelas extranjeras publicadas el año pasado. ¿Qué pasa con Kohan? “Me reconocen lo que más me halaga: el cuidado de la escritura –destacó–, no sé si me lo dicen para tenerme contento, pero es lo que más me importa; que hay un interés temático y un cuidado por la forma. Pero yo no soy un tematizador, sino un escritor.” En estos días en los que desarrolló ojeras y durmió poco por el jet lag, el escritor se reunió con su editor alemán que ya le pidió la novela inédita Bahía Blanca, que todavía no se publicó en la Argentina. “Me dijeron que cualquier queja no dude en hacerla saber, una frase, un gesto de cuidado, que no es habitual en las editoriales argentinas.”

El escritor mimado de la crítica alemana celebró, en estos cinco días, que “la literatura está por delante de mí, algo que no siempre ocurre en la Argentina”. “Lo que no hago jamás es ir por delante de mi libro –aclaró–. Ahora estoy ocupando el camino que mis obras abrieron en Alemania. Mis libros tuvieron una gran repercusión y eso me ha puesto en contacto con una gran cantidad de personas; y como soy muy tímido, eso le viene muy bien a mi temperamento”, asumió el escritor. La memoria y los derechos humanos ha sido uno de los pilares del desembarco argentino. En las novelas de Kohan estas cuestiones se deslizan siempre de un modo oblicuo. “La palabra oblicuo es decisiva respecto de la tradición entre literatura y política –planteó el escritor–. Tengo preferencias estéticas que no van por los tópicos más transitados de esa relación. La política parece entrar en la literatura siempre de la mano de la realidad. Para mí un desafío es hacer literatura política sin pasar por la realidad, o sea sin pasar por el realismo. Mi problema no es con la realidad, sino con la estética realista, que no es la que prefiero escribir. Mi apuesta fue que lo político entrara en la significación de los materiales, en ciertas huellas y resonancias, pero no en la tradición más establecida de lo que es la literatura cuando cuenta una realidad política. La dictadura no puede ser el nuevo realismo mágico”, añadió el escritor.

Las puertas se cerraron, pero hay un más allá de la Feria en el horizonte, aunque algunos evoquen con un atisbo de nostalgia las altas dosis de salchichas en sangre, la cerveza alemana, las noches y la “bohemia” frankfurtiana. Como el mundo sigue andando, el desafío –rezan sobre todo editores– es seguir manteniendo año tras año la presencia argentina para cumplir con el lema que se adoptó en esta feria: “Que la paz sea con todos aquellos que van y vienen de Frankfurt”.

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