"Chorreo Cultural"

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Columna de Bernardita Ruffinelli publicada en Publimetro de Santiago
Cielo parcial nublado. Aeropuerto Maquehue ZCO, 7:30 am. Bastante adelantada al horario de embarque, penan las ánimas. Veo tres muchachos de look sopaipilla, con bling bling soberbio en las orejas y parkas plastificadas. Compartiría vuelo con los Wachiturros. No entraré en detalles de por qué conocía perfectamente sus caras, mi delirio por el morbo y la televisión basura es ampliamente conocido.

Había tiempo de sobra, me senté un par de puestos más allá, saqué mi libro de turno y me entregué a la espera. Al mismo tiempo, en el mundo wachiturro ellos cantaban canciones de Justin Bieber a capella y morían de risa. Entonces fue cuando Wachiturro 1 me dice: “Disculpe señorita, usted estudiando y nosotros cantando boludeces”. Me reí con ganas. Agradecí su consideración, y quien diga que estos cabros son unos mal educados, no tiene idea. Sus madres bien les enseñaron de respeto. Claro, también me asombró que vincularan la lectura al estudio y no al placer. Tampoco sabían que lo que yo leía era justamente “Maldita Farándula”, el último suspiro de lucidez de Pamela Jiles antes de enloquecer.
Con ese libro en la mano, decidí estudiar entonces la fauna que se manifestaba en ese vuelo cargado de Wachiturros, un Kike Acuña menos maquillado que de costumbre, unas modelos de mediopelo, un Che Copete de absoluta sobriedad y bajo perfil, junto a una columnista intrascendente y de poca monta. De un momento a otro, el personal de tierra de la aerolínea llegaba en masa, querían fotos con los sopaipas. ¿Ustedes son los Wachiturros, cierto? No. Responden ellos, “los Wachiturros ya se fueron, nosotros somos simplemente flaites”.  No pude evitar reír. La burla hacia ellos mismos con tal soltura, no hace otra cosa que hablar bien de estos chiquillos, y me da ilusión.
Ilusión al pensar que finalmente, es posible que no sean tan pencas, que lo que les faltó fue acceso a otras cosas en su tierna infancia, a un abanico de oportunidades más amplio, pero que el potencial inicial está. Sabían lo que era un libro, y que además servía para estudiar, lo que faltó fue que tomaran uno cuando niños y le encontraran la gracia. Pero eso, claramente, no es culpa de ellos.
La gente en el aeropuerto continuaba sacándoles fotos, y yo entendía entonces, que de haber estado Mario Benedetti tomando el mismo avión, nadie se le habría acercado a fotografiarlo y que yo me habría encargado de buscar una excusa para meterle conversa, aunque fuera del cielo parcial nublado. Y si la gente le sacaba fotos a los flaites argentinos, comentaba los zapatos de las modelos o lo flaco que estaba Kike Acuña, es porque conoce su “vida y obra” y les son familiares, reconocibles. Y esa responsabilidad es nuestra. Y que no sepan de la “vida y obra” de Benedetti, también es nuestra responsabilidad.
Porque los periodistas que jugamos comentar lo que pasa allá afuera, nos hemos acabronado con los grandes pensadores y no los hemos compartido con la masa, como la compañera de curso que no soltaba las fotocopias para la prueba y se lleva el tesoro de forma egoísta para la casa. No hemos sido capaces de permear, de aplicar el tan necesario chorreo cultural, por lo que no tenemos calidad moral para criticar a quienes han puesto la farándula en el Olimpo mediático en el que se encuentra. Cuando la literatura, el buen cine, la música culta y las artes en general, ocupen tanto o más espacio en los medios, que la teta plástica made in China y el pelo hediondo a blondor montado sobre tacones de 15 centímetros, entonces ahí se habrá cumplido la tarea. Mientras no hagamos la pega, no nos quejemos.
Y cuando hablo de chorreo cultural, me refiero a hacerlo de manera motivadora, diáfana y simple para aquellos que no tuvieron acceso a la educación que tuvimos nosotros, me refiero a una postura generosa, y no a esos espacios aspiracionales de seudo intelectualoides ilustrados que hablan con palabras de más de cinco sílabas y que pretenden llegar a esa pequeña porción letrada e iluminada del país, con cuello subido y Nietzsche bajo el brazo.
Wachiturro 2 me aborda en la losa del avión: “Señorita, con todo respeto, sólo quería decirle que con los compañeros comentábamos que usted es más linda que todas esas con cirugía que van ahí”, agradecí nuevamente. Su piropo honesto me hace creer que aún hay patria ciudadanos, y que en un arrebato de  sanidad mental mañanera, podían verse impactados por una rubia sin decolorar, con tetas sin bisturí, algo subida de peso y que comete la osadía de leer un libro en vez de pedirles un autógrafo. Estos cabros me devuelven la fe en que en un mundo ideal, con acceso a educación y cultura para todos, la cosa podría ser muy distinta.