Idealismo voluntario

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Isidro Peñasco
La columna del profesor Carlos Peña en El Mercurio comentada 90 veces por los lectores hasta las 7:40 de hoy 28 de Noviembre (la publicamos íntegramente mas abajo), es notable. Primero porque el profesor Peña nos queda debiendo la lucidez habitual que lo caracteriza, en aras de una –evidente- intención de “proteger” las instituciones.

El alegato completo de la columna y su excelente descripción resumida en la pregunta del título (¿Parlamentarios o nuncios?), están destinados a proteger la institución parlamentaria que se basa, como muy bien dice el profesor, en la “representación”. En el Parlamento alemán, por ejemplo, los miembros de esa asamblea legislativa, por mandato de la Constitución alemana, están obligados a actuar de acuerdo a sus conciencias y no por órdenes de partido o por otras órdenes.
Es un principio fundamental del parlamentarismo, equivalente al habeas corpus o a la presunción de inocencia en la judicatura.
Nadie lo puede discutir y el profesor Peña lo sabe.
¿Porqué entonces exponer latamente en un artículo la temática en referencia?
Porque Peña sabe muy bien que el próximo paso, el argumento que sería necesario discutir, es la explicación de la causa por la que los senadores, de representantes, se transformaron en nuncios, para usar la terminología del profesor Peña.
Y esa causa, ese fundamento, son el peligrosos para la existencia misma de la institucionalidad vigente en Chile.
La legitimidad de la representación.
Es esa la que los Estudiantes ya pusieron en “veremos” en Chile y que como todas las cosas importantes que ocurren en la política chilena, es silenciada o por lo menos se trata de hacerlo para cumplir con el principio rector de la oligarquía nacional: entregar lo accesorio para salvar lo principal.
El profesor Peña debe estar muy convencido de que en Chile un cambio radical en las instituciones representativas es dañino ya que el autor lo que hace es defender la institucionalidad por “default” en el artículo que comentamos.
Sin embargo la corriente política –difusa y sin orgánica- que iniciaron los Estudiantes con su rebelión consciente, llegó para quedarse, como aseguró en algún momento un dirigente estudiantil y ella pone en duda el núcleo central que informa la existencia de toda institucionalidad democrática que merezca el nombre de tal: la legitimidad.
Los parlamentaios, el Presidente y todos los funcionarios del estado -elegidos o no- saben que la institucionalidad chilena tiene pies de barro. Fue impuesta, no consultada y que todos los ritos eleccionarios posteriores a esa imposición no le agregaron legitimidad alguna, porque el origen es ilegítimo. Mas aún, la ilegitmidad del sistema binominal sigue tan vigente como ayer y los parlamentarios no son representantes en rigor, ya que fueron elegidos prácticamente a dedo, fueron “designados” por sus partidos, que a su vez estuvieron y están dominados por oligarquías no elegidas democráticamente.
El profesor Peña intenta con su artículo abrir un flanco que reduzca la discusión planteada por los Estudiantes a lo que quiere el “gremialismo”, a un asunto parcial que afecta a los Estudiantes y eventualmente a sus padres. Es por eso que Peña alega que hay algo que no es correcto en la forma en que el Parlamento trata los asuntos educacionales.
Le faltó decir -en la lógica de su texto- que los parlamentarios, por mas mal elegidos por el binomional que estén, son políticos y algo captan del ambiente, de la sensibilidfad popular y quizás por eso hicieron ese ejercicio de nunciatura en el Parlamento. Quizás saben o entienden mejor que muchos, que los tiempos cambiaron para siempre en Chile. Que la “transición” realmente llegó y que Chile ya inició un camino de cambios reales que se irá reflejando en el futuro próximo sin que nadie lo pueda detener y ello se lo debemos a lo mejor que tiene Chile: su juventud.
A continuación el texto de Carlos Peña:

“¿Parlamentario o nuncio?

¿Qué explica que esta semana, en el Congreso, se haya vivido la jornada más larga desde el retorno de la democracia?

Algo así no había ocurrido ni en los peores momentos de estos veinte años. Ni siquiera el boinazo -cuando se temió que Pinochet se alzara de nuevo- fue capaz de poner insomnes durante más de treinta horas a los senadores. Lo que no logró ni siquiera la insinuación de un golpe lo obtuvieron los reclamos estudiantiles.

¿Por qué?

La explicación se encuentra en el cambio de naturaleza que durante estos meses, y sin que nadie lo advirtiera, experimentó la representación popular.

Los senadores y los diputados, desde hace ya varias semanas, dejaron de ser representantes, y pasaron a ser nuncios. Un representante es quien delibera acerca de la mejor forma de satisfacer los intereses de sus representados, conciliándolos con la vida en común. Un nuncio, en cambio, es quien transmite a un tercero la voluntad de aquellos que lo nominaron. La diferencia que media entre un representante y un nuncio es la misma que existe entre quien recibe el encargo de promover ciertos objetivos (y por eso debe aplicar su inteligencia para cumplir el encargo) y aquel que recibe el mandato de transmitir un recado (y por eso debe aplicar su voluntad para que el mensaje no se extravíe o se pierda).

Hasta hace poco se creía que los senadores y los diputados habían sido elegidos para razonar y deliberar en torno a los intereses de sus representados. Como la totalidad de los ciudadanos no puede analizar directamente los problemas comunes y el modo de resolverlos -lo impide su número y su heterogeneidad-, entonces escogían a representantes para que lo hicieran por ella. Los representantes, conocedores de los intereses de sus representados, tenían el deber de razonar y dialogar acerca de la mejor forma de satisfacerlos.

Pero de pronto, los mismos que durante todos estos años hicieron de representantes, se transformaron en simples nuncios.

En vez de deliberar acerca de los problemas comunes, senadores y diputados se preocuparon, ante todo, de ser simplemente fieles a la voluntad de los Estudiantes que, desde hace seis meses ya, se encuentran movilizados. El fenómeno llega a tal extremo, que uno de los dirigentes estudiantiles se declaró "contralor" del debate legislativo. Así, entonces, senadores y diputados participaron de la votación mirando cada cierto tiempo a los Estudiantes, o al recién instituido contralor, para cerciorarse de que lo que hacían, o decían, les fuera satisfactorio.

¿Es razonable ese comportamiento?

Por supuesto que no.

Un comportamiento así supone confundir los motivos de un reclamo con las razones que hay para darle solución.

Los Estudiantes y los ciudadanos en general pueden tener buenos motivos para reclamar y para quejarse. Es -con toda seguridad- lo que ocurre en este caso. Pero del hecho que los Estudiantes tengan buenos motivos a la hora del reclamo no se sigue, necesariamente, que tengan buenas razones a la hora de resolver los problemas. Si tienen o no buenas razones, y cuáles serían esas, es algo que debe ser deliberado en el foro público, que es el Congreso Nacional. ¿Acaso no es esa la tarea de los representantes democráticos: discernir racionalmente y mediante el diálogo la mejor forma de resolver los asuntos comunes? ¿Y no es acaso lindante con lo ridículo, y a veces con lo pueril, que los senadores y diputados abandonen ese deber, y en vez de dedicar su tiempo a dialogar lo hayan dedicado a un corre, ve y dile entre ellos y los dirigentes estudiantiles?

Identificar la justicia de los motivos para reclamar con la racionalidad de las soluciones -y pensar, por eso, que quien reclama sabe- es una grave confusión.

Pero en medio de esa confusión se ha estado todos estos meses y días, especialmente los parlamentarios de la Concertación, quienes, después de haber promovido y apoyado la casi totalidad de lo que hoy día, sin embargo, abjuran (desde el financiamiento compartido al crédito con aval del Estado) creen posible borrar ese pecado comportándose con los Estudiantes como nuncios obedientes, sumisos y solícitos.”