El insólito homenaje a Krasnoff

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Haroldo Quinteros – 24/11/2011.- Los crímenes de lesa humanidad son los más graves que puedan cometerse, no sólo por la crueldad que involucran, sino porque los perpetra el Estado. Por su gravedad extrema, estos crímenes son inamnistiables, imprescriptibles, inexcarcelables y, además, las leyes que los tipifican y  sancionan son internacionales; vale decir, si un país las suscribe, debe someter a ellas sus propias leyes y decretos nacionales. Chile ha suscrito todos los pactos, acuerdos y leyes internacionales existentes en materia de Derechos Humanos y crímenes de lesa humanidad.

Es más, nunca ha  renunciado a ellos. Se recordará que la dictadura de Pinochet, bajo cuya égida se cometieron flagrantemente miles de estos crímenes, no retiró su firma de ellos, obviamente con el solo fin de guardar falsas apariencias. De manera que fue estulticia pura, o, lo menos probable, ignorancia supina, que el Dictador y sus asesores legales crearan en 1979 la “Ley de Amnistía General,” el más vergonzoso intento de evitar que sobre los criminales de lesa humanidad cayera la espada de la justicia. ¡Vaya “Amnistía General”! En los 80, estos criminales deambulaban por las calles libremente, mientras los miles de presos políticos seguían en las cárceles y los exiliados seguían sin poder volver al país.
Sin embargo, alguna vez nuestros tribunales dejarían de ser cómplices de la dictadura (mácula en su historia por la cual han pedido expresamente perdón al país más de una vez), y la propia dictadura tenía que terminar algún día, como así sucedió. Por ello es que Manuel Contreras, Álvaro Corbalán, Pedro Espinoza, y muchos más criminales de lesa humanidad, entre ellos Miguel Krassnoff, que se creían dioses intocables en la dictadura, hoy están presos.
El “homenaje” oficial y financiado con fondos públicos que rindió el lunes pasado el alcalde de Providencia, Cristián Labbé, a Miguel Krassnoff Martchenko, su antiguo colega en los aparatos secretos de la dictadura, sólo revela que el espíritu de exterminio de Estado sigue vivo, y lo que es más grave es que sigue vivo en ámbitos cercanos a las FF AA, que suponemos neutrales y pertenecientes a todos los chilenos.
En verdad, la iniciativa de Labbé es una temeraria provocación a los tribunales chilenos que pusieron en la cárcel a Krassnoff y a muchos más de su pluma, una abierta afrenta a las leyes nacionales e internacionales y al propio Estado y gobierno del país. Es más: se trata de un vulgar acto sedicioso que intenta hacer oír un ruido de sables que cause alarma en el país, justo cuando nuestras instituciones se encuentran en una evidente crisis de credibilidad nacional, y justo también cuando se investiga el secuestro, tortura y asesinato de Rodrigo Anfruns, un niñito de apenas 6 años, perpetrados por agentes secretos de la dictadura, obviamente, psicópatas.
¿Quién es Krassnoff? Sin duda, otro psicópata; como muchos más de su especie que sirvieron en las FF AA durante la dictadura. ¿Y qué es un psicópata? Según la ciencia, un psicópata es un individuo depravado moralmente, quien, normalmente movido por un irrefrenable odio y permanente ánimo de venganza y dominación sobre otros, planea y ejecuta los más horribles y atroces actos contra quienes, según él, lo merecen. Al psicópata lo mueven motivos propios muy personales, que subyacen en un subconsciente permeado por frustraciones y agresiones sufridas en o desde la infancia. Es cruel y sádico, condición que a veces simula con actitudes empáticas y carismáticas. No tiene temor a las consecuencias que sus actos puedan acarrear a él, a su entorno familiar, a sus amigos, o a la sociedad, puesto que su vida sólo gira en torno a la idea fija de hacer el mayor daño posible a otros. Siempre justifica sus crueldades con sublimaciones como la Moral Pública, Dios y la Patria. No es, en rigor, un enfermo mental. Es una persona consciente de lo que hace, por lo tanto, es legalmente imputable.
Miguel Krassnoff, “homenajeado” el pasado lunes por los sectores militares más politizados, y los  duros de la derecha nacional, es, por cierto, el arquetipo del psicópata político. Sus padres y familiares cercanos, rusos zaristas anti-semitas y ultra-conservadores, fueron perseguidos por los comunistas rusos luego del triunfo de la Revolución Bolchevique. Lograron escapar de Rusia, avecindándose en Austria, donde nació Miguel Krassnoff. En su exilio en Austria, en los años 30, Semion Krassnoff, padre de Miguel Krassnoff, y su padre, Piotr NIkolaievitch Krassnoff, ambos ex–cosacos (soldados de caballería zaristas, de origen ruso-tártaro), abrazaron la causa nazi, entre cuyos ejes fundamentales estaban el aniquilamiento del estado soviético y el exterminio de los judíos en Europa.
Al estallar la II Guerra Mundial, ingresaron voluntariamente en el ejército hitleriano, y después de la victoria aliada sobre Alemania, fueron buscados durante dos años por crímenes de guerra y genocidio. Esta última acusación ha sido ratificada por el jefe de la comunidad judía nacional, Gabriel Zaliasnik, quien ha declarado que Semion y Piotr Krassnoff son autores del exterminio de 150.000 judíos europeos (Diario La Segunda, 18/11). Fueron capturados por el ejército inglés, que ocupaba Austria, país que había sido anexado por Hitler a Alemania en 1938, y entregados al ejército soviético, puesto que eran rusos. Llevados a juicio en Rusia por los crímenes señalados, más por el de traición a la patria, fueron ejecutados en Moscú, en 1947.
Un año después, Dhyna Martchenko, ahora viuda y madre de Miguel Krassnoff, solicitó visa de residencia en varios países, y Chile, país amable y hospitalario por antonomasia, fue el primero en concedérsela (curiosamente, gobernaba en ese año Gabriel González, en cuyo gobierno aún participaban comunistas).
Ya en Chile, ella sólo quería, por fin, paz y tranquilidad, y sobre todo, una buena educación y la mayor adaptabilidad social posible de su hijo en su nueva patria. No obstante, el niño y más tarde el joven Krassnoff, conocería la suerte corrida en Rusia por su familia y por su padre y abuelo, por boca de otros familiares rusos que también llegaron a Chile desde Europa. Entonces, comenzó a obsederlo un incontrolable odio y sed de venganza. Contra la voluntad expresa de su madre, siguió y terminó la carrera militar, y por su origen étnico y por la condición de cosacos de sus ancestros, fue apodado por sus pares “el cosaco Krassnoff,” apelativo por el que, orgullosamente, gustaba que lo llamaran.
En 1973, el destino le ofreció la ansiada oportunidad de la revancha que tanto había buscado siempre, y no la dejó pasar. Consiguió llegar a los más altos rangos de la carrera militar, y en plena dictadura, cumplió su sueño de ser uno de los más importantes jefes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). La condena en Chile a 144 años de presidio, más los 30 años a que lo condenó “in absentia” la justicia francesa, se explican por sus muchísimos crímenes de lesa humanidad, todos probados y acreditados por testigos presenciales, pruebas documentales y sus propias confesiones.
Entre los más espantosos, destaca el caso de Diana Arón, la joven periodista que, a pesar de su embarazo de siete meses, fue sacada de una cama de hospital, torturada, violada y asesinada con la participación directa de Krassnoff, quien, además, en las sesiones de tortura le profería insultos por su condición de judía.
También está el caso de otra mujer, Lumi Videla, una profesora de 25 años, que corrió la misma suerte de Diana Arón, con el horrendo agregado que su cadáver fue lanzado al interior de la embajada de Italia, como castigo a ese país europeo por haber otorgado visa a la joven cuando era buscada por la DINA. Que conste bien, ¡Miguel Krassnoff ordenó esa atrocidad!
El “cosaco” tuvo también participación directa en la tortura, cercenamiento de los dedos de la mano derecha y muerte a balazos del artista Víctor Jara, al igual que en el secuestro, y la muerte por efecto de las torturas, del cura español Antonio Llidó. Ofició miles de “interrogatorios” de la DINA (léase torturas) y participó directamente en centenares de ejecuciones secretas sumarias, fueran de hombres, mujeres y  niños, tanto chilenos como extranjeros.
No es de extrañar que el gobierno no se haya opuesto a la consumación de este “homenaje;” al fin y al cabo, lo sostiene la derecha, la mayor favorecida por la dictadura en que se “lució” Krassnoff. Lo que realmente extraña es que las Iglesias cristianas (de gran influencia en la conciencia popular), y muchos partidos políticos hicieran poco o nada por impedir esta afrenta a la Justicia, la paz social, la dignidad y el prestigio internacional de Chile. Por lo menos, la “funa” del lunes aguó este insólito y macabro “homenaje.”