Columna de Bernardita Ruffinelli: "Maldito seas Walt Disney"

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Escena 1: Nainital, India, 1999. El conductor del “pan de molde” destartalado en el que recorríamos la frontera con los Himalayas amenizaba nuestra existencia contándonos, abiertamente, cómo era vivir en un matrimonio arreglado, donde conoció a la novia el mismo día de la boda, con quién tenía hoy ya tres hijos y de quien estaba profundamente enamorado. Ella era la mujer de su vida.

Nosotros, diez chilenos incrédulos y convencidos de que el amor debe ser la única y gran razón del matrimonio, preguntábamos con urgencia, lo instábamos a confesar que en realidad él no estaba profundamente enamorado, sino más bien, acostumbrado; o peor aún, resignado. El diligente chofer, tan amable y comprensivo de nuestra tontera, respondía cada vez más convencido, que en realidad los equivocados éramos nosotros y que él había encontrado así a la mujer perfecta con quien compartir su vida.
Escena 2: Bangalore, India, 2004. Mi querido amigo Arun, me comentaba que ya estaba en edad de casarse, que ya era hora de que su madre comenzara la búsqueda de una buena novia. ¿Pero Arun, por qué mejor no la buscas tú? Pregunté desde la vereda de mi profunda convicción occidental. “¿Para qué voy a buscarla yo?; respondió, “si nadie sabe mejor que mi madre lo que me gusta, lo que necesito, lo que me hace bien. Para qué gastarme buscando una novia si mi madre está feliz de hacerlo y estoy seguro de que ella tomará la mejor decisión para mi futuro”. Casi me fui de hocico de la impresión, para un alma educada desde la crueldad de los príncipes de Disney y la mamonería del romance hollywoodense, pensar en un matrimonio arreglado me parecía una soberana estupidez. Pero han pasado los años y me atrevería a decir que el chofer y Arun no estaban tan perdidos como creí en ese entonces. Si pensamos que el  sentimiento aquel que nos hace querer casarnos no es eterno, no al menos en la forma en la que nos cautiva; y que el enamoramiento, efectivamente tiene fecha de caducidad; pero el matrimonio como tal debiera ser para toda la vida, entonces entiendo que de pronto es bastante más sensato hacerlo de atrás para delante.
Buscar alguien con quien seas compatible en temas valóricos, en temas de familia, alguien con quien puedas establecer conversaciones interesantes, que puede no causarte esas malditas y sobrevaloradas mariposas en la guata, pero con quien puedas visualizar una vida común en base a un proyecto conjunto y no a una flecha de Cupido, porque seamos serios, nadie debería confiar en una relación que se mantiene gracias a la violencia de un querubín rechoncho que vuela a poto pelado. Si lo pensamos dos veces, casarte para toda la vida con alguien que hoy ha revolucionado tu corazón, o tus genitales; podría resultar una mala idea si queremos que dure. Hay excepciones, por cierto, pero no son más que eso. Excepciones.
Es que ya no la amo como antes, es que nuestra relación ya no es la misma, es que has cambiado tanto. Por supuesto que no lo amas como antes, que es tan distinto y que todo ha cambiado tanto, somos seres humanos y lo lógico es que con el paso del tiempo cambiemos. Lo que pasa es que no hemos buscado pareja pensando en 30 años más, lo hemos hecho amando a quien tenemos hoy a nuestro lado, sin pensar que ese otro mutará con el tiempo y también nosotros lo haremos.
Lo de las princesas de Disney fue una mariconada de la industria, que nos hizo creer que al hombre de nuestra vida lo descubriremos en un baile y le dejaremos un zapato huacho para que nos encuentre, o nos despertaría de la siesta con un beso, aunque el tufo lo diera vuelta la cara después todos esos días dormida y sin lavarse los dientes; o peor aún, que dejaríamos toda nuestra vida bajo el mar para abandonar nuestra cola de pescado y correr a los brazos de ese moreno que nos dijo que cantábamos bonito. Me atrevería a creer, que si no estuviéramos tan influenciadas por la cultura del todo o nada en el amor, seríamos capaces de establecer relaciones menos sustentadas en la cosquilla siútica, y más orientadas a la compatibilidad de caracteres, al largo plazo, al puzle personal y la complejidad del cambio. Pero por la cresta Disney, no se si estamos preparadas.