Domingo, 19 Noviembre 2017

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La toma del edificio del Congreso Nacional y la simbología política

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Isidro Peñasco

Una característica no estudiada a fondo del carácter nacional de los chilenos es una cierta clarividencia para escenificar acciones con un fuerte sentido simbólico, especialmente en la política.

Por ejemplo el caceroleo en la Parada Militar que trasformó esa escenificación del poder militar y político en un teatro en que se representó la realidad que vivía el país en ese momento.

Otra escenificación espontánea fue la toma del edificio del Congreso Nacional en Santiago.

Estas puestas en escena no son declaradas como símbolos políticos, expresiones de un lenguaje político tácito, sino que son llevadas a cabo como formas que adopta una tensión agudizada en la dialéctica social entre los interlocutores sociales (en este caso los Estudiantes) y el gobierno (en este caso el Ministro Felipe Bulnes) que estaba reunido en ese local histórico discutiendo –a puertas cerradas como es el estilo de la oligarquía chilena- un asunto de financiamiento de la docencia en el país.

La escena era perfecta para poner un símbolo en la actualidad nacional: los actores eran el ministro y sus expertos; los Estudiantes secundarios y sus dirigentes y el escenario nada menos que el edificio del Congreso Nacional, el mismo que fue abandonado por orden de Pinochet que construyó un adefesio neo fascista en Valparaíso para tener al Parlamento alejado de la capital cuando el fuera “elegido” presidente luego de ganar el plebiscito. La historia canceló las ambiciones del dictador.

El mensaje es claro: los Estudiantes ocupan el edificio-símbolo para decir claramente varias cosas: la demanda de exigir un plebiscito, para que el soberano elija una solución a la exigencia de radicar el gasto educacional nacional en el Estado y sacarlo de los bolsillos de los Estudiantes y sus familias y restarle las utilidades obscenas de los bancos y de particulares que están activos en ese campo mas por hacer ganancias que para cumplir la función social de educar a los niños y jóvenes chilenos.

Pero en un segundo plano estaba también el mensaje: ocupamos el edificio porque es nuestro, es de Chile y fue abandonado por la dictadura. Ocupamos este lugar que fue el escenario de la democracia que perdimos que si bien no era perfecta por lo menos merecía el nombre de tal y no la de un Congreso “binominal” que es incapaz de mediar, de ser el lugar en que se discute con poder sin cortapisas y trucos de quorums, el destino nacional. Y lo hicieron no poseídos de una cierta nostalgia. Mas bien con esa clarividencia que es producto del colectivo que mencionamos arriba y que no ha sido estudiada.

La toma del edificio del Congreso también dijo claramente a Chile: debemos recuperar nuestra capacidad de incidir, discutir nuestros asuntos colectivos. En suma debemos recuperar la democracia  e iniciar la discusión acerca del orden legal que queremos darnos, sin imposiciones, sin trucos leguleyos, sin el marco que nos impuso Pinochet.

Para estos efectos el símbolo es perfecto y la salida también lo fue. Los Estudiantes salen y son detenidos por la policía que demuestra una vez mas un grado de autonomía que no debe tener como instrumento armado del Estado y por lo tanto dependiente de la política. Naturalmente que Carabineros no actúa así por propia iniciativa. Lo hace porque el Ministerio del Interior del cual depende la institución así lo permite o lo quiere.

Es decir una vez mas los Estudiantes chilenos hablaron claramente por Chile. Nos representaron eficazmente a los 17 millones de chilenos.

Y una vez mas quedó de manifiesto que el gobierno está acorralado; desorientado; perdido en su laberinto de leyes y  decretos añejos, anacrónicos, herencia maldita de la dictadura que los que hoy son “oposición” no supieron ni quisieron reformar o cambiar.

El gobierno y el sector que representa: la derecha no son capaces de entender este lenguaje simbólico. Ellos viven en el mejor de los mundos...para ellos y desde ese punto de vista los Estudiantes son revoltosos, desordenados; gente bulliciosa que interrumpe la paz de los cementerios que impuso el dictador y de la cual profitan ellos.

Es posible que el grado de astucia que los caracteriza los haga vislumbrar que la nación chilena hace rato que comprendió que el “modelo”; el experimento a que nos sometieron se agotó, fracasó y la juventud, la misma que creían alucinada, obnubilada por el consumo de iPads; teléfonos con pantalla gigante; internet; y la esperanza del consumo que nunca llega, ni estaba “encantada”, ni obnubilada y menos idiotizada con la pantalla. Al contrario con la lucidez que la caracteriza la juventud asumió el papel que le corresponde y está luchando por cambiar a Chile.

 

 

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